Por Mex Faliero
Lost horizon, como se llamó el capítulo del domingo, es un título que refiere a una imagen poética que simboliza y sintetiza una serie de ideas, mucho más aún si tenemos en cuenta que estamos ante los minutos finales en la vida de una serie. Con sólo ese título y la esencia de los personajes, y el momento histórico que atraviesan, nos podíamos dar una idea de lo que podía venir. Y no es casual que la emisión estuviera plagada de imágenes simbólicas -Peggy patinando con Sterling al piano; Donald mirando un avión que sobrevuela New York a lo lejos; -otra vez- Peggy ingresando en McCann-Erickson a lo grande, totalmente borracha; Donald masajeando amablemente en la espalda a Betty- y que cada imagen haya tenido su contraparte formal, que sirvió para enmarcar y atesorar esos momentos. Es como si ya estuviera todo dicho en la historia de Mad Men, y Matthew Weiner supiera que ya no hacen falta palabras, que nos basta con que Roger, Donald, Joan, Pete, Peggy o el que sea nos hagan un guiño, que ya los comprendemos.
Por eso, la magistral secuencia en la que Donald, aburrido del patético consejero que tiene que escuchar hablándoles sobre cómo vender una cerveza, se va, en silencio, de la oficina.
La semana pasada hablábamos de cómo estos capítulos debían avanzar sobre lo interior de cada personaje, que la vida profesional se había cerrado el domingo anterior. Un poco nos equivocamos, pero otro tanto no: Lost horizon siguió la trama laboral, ahora con los empleados emprendiendo la despedida de las viejas oficinas y tratando de insertarse en McCann-Erickson. Pero ese universo laboral estuvo más que nunca ceñido al interior y la esencia de cada uno: Roger resistiéndose a perder ese Xanadú que siempre fue Sterling-Cooper; Peggy orgullosa esperando un espacio que se le resiste; Joan, que no puede dejar de ser acosada y puesta en su lugar de mujer trabajadora tratando de hacerse -en vano- un espacio en un mundo de hombres; Donald perdiendo autoridad y respeto, y sin demasiadas ganas de recuperar eso que ya logró antes. Hay otros que parecen más cómodos, Ted, Pete, Harry.
Lo innegable en esta escalada final de Mad Men es que la serie se ha vuelto totalmente melancólica, fantasmal… y hubo fantasmas que volvieron. Y otros que siguen ahí: ¿qué busca Draper en ese viaje tras los pasos de la camarera Diana? Sin posibilidades de volver atrás (vuelvo a ese masaje con Betty porque es una escena de lo más tierna que se ha visto en la historia de la serie -como el beso de la otra semana con Sterling-, delicada, sutil, emotiva, consciente del viaje de los personajes) y con un futuro particularmente extraño. ¿Hacia dónde va Draper? El último capítulo se llamará Persona a persona.
Tal vez sea un dato.
Pero todavía falta.
Nos quedan dos capítulos, dirigidos por Matthew Weiner. Sólo nos resta esperar lo mejor.
