Por Mex Faliero
No se me ocurre una personalidad que en sí misma resuma el arte del cine como el gran René Lavand. La información dura dirá que hoy, a los 86 años, murió, pero bien sabe uno que cuando una persona de la estirpe de Lavand desaparece, es mucho más que su sola presencia la que se va. Hay un espíritu, un aire, un algo, que nos abandona. Digo lo del cine con ironía, porque más allá de su actuación en Un oso rojo y del documental El gran simulador, que Néstor Frenkel le dedicó hace unos años, es poco lo que unen a este prestidigitador (antes que mago, término que no le gustaba) con el séptimo arte de manera directa. Sin embargo, en la forma en la que Lavand llevaba a cabo su arte, hay mucho de cine, sin dudas. Lavand no sólo era hábil con las barajas (a lo cual le agregaba su condición de manco, aumentando aún más su leyenda), sino también con la lengua. Y si su perfecto manejo de la cartomagia lo hacía único, su verba lo potenciaba: valía tanto el truco en sí -y el hecho de no poder descubrirlo- como la historia que contaba mientras lo hacía. Y las historias de Lavand no sólo eran meras anécdotas que ilustraban el truco, había allí un vínculo enorme con la aventura y con la sabiduría de buen artesano creador de cuentos. Al igual que con el cine, el espectador arreglaba con Lavand un pacto: sabemos que hay un truco, pero nos dejamos llevar por la ingenuidad y la fascinación. El nunca lo ocultó, nosotros nunca quisimos conocerlo. Lavand fue un héroe mundial en el notable arte de hacer trucos con cartas: sus actuaciones en El show de Ed Sullivan y The Tonight Show, de Johnny Carsson, son legendarias. Sin dudas fue uno de los artistas argentinos más reconocidos en el mundo entero, aunque claro… la posmodernidad cínica le quitó relevancia (¿trucos de cartas, historias mitológicas, para qué?) y hoy nos abandonó casi de sorpresa. Como el cine -insisto-, la conexión con Lavand tiene que ver con la infancia. Y recordarme pequeño, frente a la tele, viendo aquellos fabulosos envíos de Mano a mano con René Lavand no hace más que trasladarme a un mundo que está hecho con el material del que están hechos los sueños. Evidentemente, la vida es un truco que sí podría hacerse más lento.
