Título original: London Boulevard
Origen: EE.UU. / Inglaterra
Dirección: William Monahan
Guión: William Monahan, basado en la novela de Ken Bruen
Intérpretes: Colin Farrell, Keira Knightley, David Thewlis, Anna Friel, Ben Chaplin, Ray Winstone, Eddie Marsan, Sanjeev Bhaskar, Stephen Graham, Ophelia Lovibond
Fotografía: Chris Menges
Montaje: Dody Dorn, Robb Sullivan
Música: Sergio Pizzorno
Duración: 103 minutos
Año: 2010
Compañía editora: AVH
5 puntos
Intentos infructuosos
Por Rodrigo Seijas
La carrera de William Monahan se ha desarrollado casi en su totalidad como guionista y puede detectarse en ella un tópico que une todas las obras: todas ellas, desde Cruzada hasta Al filo de la oscuridad, pasando por Los infiltrados -por la que ganó un Oscar- y Red de mentiras, están protagonizadas por sujetos situados -por elección propia o forzados por las circunstancias- en posiciones problemáticas, justo en las delgadas líneas que separan distintas concepciones sobre la religión, el rumbo del universo, la política, la ley o el crimen.
El debut en la dirección de Monahan, El último guardaespaldas, repite este esquema, con la historia de Mitchel (Colin Farrell), un ex convicto que cuando recupera su libertad trata de mantenerse fuera del ambiente criminal que lo había llevado tras las rejas, trabajando como una especie de guardaespaldas de una famosa actriz, Charlotte (Keira Knightley), que busca aislarse del universo de paparazzis que la acechan. Pero claro, ese universo repleto de ladrones y mafiosos no lo quiere soltar, y en consecuencia Mitchell deberá apelar a la violencia precisamente para escapar de la violencia que lo persigue. En esa trama, el realizador inicia un diálogo con ciertos policiales ingleses de estilo seco y duro que se veían en los setenta, como Carter – Asesino implacable, pero también con su propio cine: en el film hay muchos diálogos y secuencias donde está presente la noción del destino, de lo que los personajes quieren y les cuesta concretar, de cómo se construyen determinadas apariencias en función de lo que el contexto requiere, de los deberes que se asumen para con los otros, de la inevitabilidad de la violencia.
Pero si en Los infiltrados la multiplicidad de reflexiones funcionaba con total fluidez a pesar de los riesgos tomados -y en eso había que otorgarle mucho mérito tanto a la capacidad narrativa de Martin Scorsese, como al poderoso relato de la saga original de Hong Kong-, en El último guardaespaldas el asunto se empantana bastante, básicamente porque Monahan no termina de encontrar el equilibrio adecuado entre el drama trágico, la violencia propia del policial, el romance que va creciendo entre Mitchell y Charlotte y la comedia disparatada, donde pisan fuerte la ironía y la fisicidad. Hay muchos elementos en juego con los que el cineasta busca salirse de la norma y crear una obra original, pero aún así el film nunca cobra la fuerza suficiente para salir de la medianía. Apenas si pueden rescatarse algunos momentos casi idílicos entre Farrell y Knightley, un par de líneas aportadas por personajes de reparto interpretados por David Thewlis, Eddie Marsan y Ben Chaplin, y ciertos momentos de tensión entre Farrell y un jefe mafioso encarnado por Ray Winstone, siempre solvente con su imponente presencia.
En consecuencia, El último guardaespaldas queda lejos de los matices de Los infiltrados o la negrura de Al filo de la oscuridad, y más cerca de las simplificaciones disfrazadas de discursos importantes de Cruzada y Red de mentiras. Monahan, indudablemente, es un realizador que quiere decir una multitud de cosas pero que aún debe ajustar su capacidad discursiva, para darle más aire a la narración.

