Título original: The Art of the Steal
Origen: EE.UU.
Dirección: Jonathan Sobol
Guión: Jonathan Sobol
Intérpretes: Kurt Russell, Matt Dillon, Jay Baruchel, Kenneth Welsh, Chris Diamantopoulos, Katheryn Winnick, Jason Jones, Terence Stamp
Fotografía: Adam Swica
Montaje: Geoff Ashenhurst
Música: Grayson Matthews
Duración: 90 minutos
Año: 2013
Compañía editora: Blushine
6 puntos
Cuando lo ya visto sigue funcionando
Por Rodrigo Seijas
Desde el comienzo sobrevuelan dos sensaciones mientras se ve El arte del robo: la primera es “esto ya se vio muchas veces”; y la segunda es “esto ya se vio muchas veces pero igual divierte”. Es que el film de Jonathan Sobol apela a todos los lugares comunes del género de robos y estafas -con sus historias donde la felicidad de algunos se construye en base a las desgracias de otros-, pero con la dosis de consciencia y el conocimiento de los mecanismos narrativos apropiados como para terminar llevando el proyecto a buen puerto.
La premisa de El arte del robo es muy simple: Crunch Calhoun (Kurt Russell) es un experto ladrón y estafador que se desempeña en el universo de las obras de arte. Junto a su banda -integrada, entre otros, por su hermano Nicky (Matt Dillon), que es como el cerebro del grupo- intenta realizar uno de esos golpes que, si sale bien, le permitiría retirarse. Pero claro, la cosa sale muy mal y Crunch es traicionado por Nicky, quien lo entrega a la policía a cambio de conseguir su libertad, con lo que termina en una cárcel polaca, lo cual no es precisamente gracioso. Varios años después, Cruch se ha retirado de la vida criminal y vive -o sobrevive más bien- desempeñándose como uno de esos motociclistas acróbatas que se anda estrellando a cada rato para deleite del público. Sin embargo, con el retorno de Nicky, surgirá la oportunidad del que sí podría resultar siendo ese último gran trabajo: robar un valioso libro. Pero claro, con el éxito del lucrativo robo, aparece un nuevo plan diseñado por Nicky, que podría multiplicar las ganancias, aunque el riesgo es muy grande, básicamente porque Crunch no termina de confiar en Nicky.
Hay una ventaja que tiene la película, la cual aprovecha al máximo, que es la presencia de Russell, un tipo que a partir de sus trabajos con John Carpenter supo consolidar una estampa sólida y noble, muy ligada al clasicismo, construyendo personajes imperfectos y ambiguos, cuyo sostén principal está ligado al profesionalismo. El Crunch de El arte del robo no es la excepción: es alguien que habla y actúa desde la experiencia, aunque muchas veces esa experiencia pase por ser el discurso del derrotado que busca una última chance para triunfar, no sólo contra sus enemigos, sino también contra sí mismo. Personaje de códigos viriles y hasta anticuados, Crunch construye sus vínculos desde la confianza (o la falta de ella): así son sus relaciones con Nicky, su novia (mucho más joven que él, encarnada por la bella Katheryn Winnick), su aprendiz y ayudante Francie Tobin (Jay Baruchel, efectivo como siempre desde su lugar de freak observador) y el resto de su pandilla (interpretados por Chris Diamantopoulos y Kenneth Walsh).
El arte del robo es también una película cimentada desde, sobre y por la confianza. Gira alrededor de ese tema durante todo su metraje, pero también confía en tener los elementos suficientes para contar su pequeña anécdota. En base a eso, pone en escena con fluidez las secuencias claves para este tipo narraciones, dejándole saber al espectador sólo lo que es necesario hasta el giro del final; y reflexiona con astucia sobre los típicos roles que se ven en estos relatos (el que planifica, el que aporta la logística, el que es talentoso para determinadas tareas, el que conoce a todo el mundo, el que simplemente participa como observador, la víctima) y cómo algunos de ellos pueden ser intercambiables. Es cierto que en determinado momento deja ver la hilacha y se hace un poco predecible en su vuelta de tuerca final -lo cual no deja de ser un pecado importante dentro del género-, pero igual consigue imponer un humor filoso y algunos personajes de reparto muy atractivos (la pareja que componen un torpe agente de la Interpol y un ex ladrón, interpretado por el gran Terence Stamp, que persiguen al grupo de protagonistas, y que se odian entre sí, es realmente muy graciosa). Con eso le alcanza para ser un entretenimiento breve, pequeño en su concepción, pero que finalmente vale la pena.

