Título original: Ídem // Origen: EE.UU. // Dirección: Janus Metz // Guión: Sam Chalsen, Nelson Greaves // Intérpretes: Russell Crowe, Shailene Woodley, Jacob Tremblay, Annabelle Wallis, Alexander Ludwig, Marc Menchaca, Steven Ogg, Mark Camacho, Bruce Ramsay, Michelle LeBlanc, Matthew Kevin Anderson // Fotografía: Yves Bélanger // Edición: Zach Staenberg // Música: Marco Beltrami // Duración: 97 minutos // Año: 2026 // Plataforma: Netflix
4 puntos
PSICOLOGISMO, SIMPLIFICACIÓN Y TRANQUILIDAD
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
El psicologismo puede ser una trampa mortal para cualquier tipo de relato: puede tender a reducir todo a un trauma, descartando otras motivaciones y dejando de lado factores que suelen ser más difíciles de explicar y por ende más inquietantes. La simplificación, con la que el psicologismo suele hermanarse, también: a veces sirve para ser más directo, pero al precio de reducir la complejidad y perder de vista los matices de los personajes y las situaciones que los atraviesan. Cuando se juntan, casi no hay manera de remontarla: pueden lograr que hasta la más apasionante de las historias quede sepultada en la vacuidad y el aburrimiento. Es lo que sucede con Unabomber, producción de Netflix que, en su ambición temática, se da el particular lujo de desperdiciar un particular hito del terrorismo no solo estadounidense, sino global.
Porque la historia de Ted Kasinsky, alias el Unabomber, que enviaba cartas bomba por correo de forma azarosa y aterrorizó a Estados Unidos durante más de una década, matando a tres personas e hiriendo a muchas más, hasta que el FBI consiguió dilucidar su identidad y atraparlo, es ciertamente apasionante. Un sujeto elusivo y enigmático, aislado y peleado con el mundo, que utilizaba esas cartas bombas como una forma de enfrentarse a todo un entramado (político, económico, social) al que repudiaba, y que logró minar la confianza en el sistema postal estadounidense, que siempre había sido venerado y respetado. Y que ya había sido tratado en un puñado de producciones televisivas más que atendibles: desde una miniserie documental hasta otra serie limitada ficcionalizada (la primera entrega de la antología Manhunt), pasando por un telefilm estrenado en los noventa. Por eso no es de extrañar el lanzamiento de esta película, que intenta una nueva aproximación al fenómeno, contando lo que podría ser el origen de las razones de Kazinsky para hacer lo que hizo: sus años como estudiante universitario, en los que participó en un experimento conductual diseñado por el profesor (), que tenía más de un lazo con otras iniciativas similares de la CIA, como el MK Ultra.
La tesis de la película de Janus Metz es relativamente simple: que la experiencia de Kasinsky participando en esos experimentos y el abuso sufrido por las acciones de (), un tipo tan carismático como manipulador, lo quebraron psicológica y mentalmente, llevándolo a convertirse en un tipo tan inteligente como aislado, que canalizó su furia y resentimiento a través de las acciones por las que pasó a la historia como el Unabomber. La narración quiere otorgarle una pátina de complejidad adicional a esta idea, con idas y vueltas temporales entre esa época de construcción del trauma y los esfuerzos del FBI por atraparlo, centrándose en una agente (Shailene Woodley) que es la única que entiende qué impulsa a Kasinsky y a la que nadie le hace caso porque (por supuesto) es mujer, y que, oh casualidad, es en realidad un personaje inventado, un resumen de los muchos profesionales que participaron de la cacería. Es decir, una simplificación, que puede ser entendible por una economía de recursos, pero que está para subrayar todo y llevar al espectador de las narices a una solo conclusión posible.
Todo es entonces psicologismo y simplificación en Unabomber, que hace de () el verdadero villano, poco menos que tildándolo de impune, aunque construya una secuencia de seudo castigo y señalamiento para tranquilizarnos. Que, a la vez, reduce a Kasinsky al lugar de pobre muchacho inseguro y vapuleado por la vida, para luego retratarlo como un tipo grande barbudo y enojado por la vida, que si no fuera por lo mal que la pasó cuando era joven seguro que no se lo ocurría mandar bombas por correo. Y que concluye que menos mal que había una mujer (que en realidad no existió) que, a diferencia de sus compañeros hombres, entendió para dónde iba el asunto e impidió que Kasinsky siguiera matando. Diablos, no sabía que la psicología era tan simple.
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