UN DOBLE DUELO, UNA DOBLE DISPUTA
Por Guillermo Colantonio
En El desprecio (1963), un autor dramático, interpretado por Michel Piccoli, acepta reescribir algunas escenas para La Odisea, una película que se va a rodar en Capri bajo la dirección de Fritz Lang. En un primer encuentro con el productor, llamado Prokosch -un gran Jack Palance-, el escritor deja que su mujer, Camille (Brigitte Bardot), se vaya en el coche con el productor a la finca de éste. Esta sinopsis de carácter lineal es solo un modo convencional de referir lo que Godard hace con la novela de Alberto Moravia: poner en escena un doble duelo. El primero concierne a la pareja y constituye otro modo posible de representación del amor en un contexto como el de la Nouvelle Vague.
Como si quisiera explicar el final de su relación con Anna Karina, Godard buscó un escenario cerrado para los cuerpos de Paul y Camilla, convivan en un mismo espacio para separarse, para lacerarse mediante gestos y palabras. Desde la antológica escena de inicio, Camille y Paul se buscan, pero no se hallan. La profundidad de campo, que permite el conocimiento del espacio donde se desarrolla la acción, evidencia una relación que ya no existe. Según Alain Bergala, en ese departamento se trata de ver este desfase:
“El tema de El desprecio no es más que eso: mirar lo que ha ocurrido en una pareja no durante años (como en el cine de los guionistas), sino durante una décima de segundo, precisamente esa en la que se ha producido el desfase, en la que por primera vez se ha instalado la confusión. Esa décima de segundo, invisible al ojo desnudo, en la que las velocidades han dejado de estar sincronizadas. De nuevo es una cuestión de montaje: volver al corte para encontrar el raccord o el desajuste. […] Godard utiliza los medios del cine -como otros los del microscopio electrónico o del bisturí con láser- para ver algo que de otro modo escaparía a nuestra escala de percepción ordinaria: cómo se puede pasar en una fracción de segundo, entre dos planos, de la confusión al desprecio, de una desincronización imperceptible a un vuelco de los sentimientos.”
El resto de la trama fragmentada confirma el movimiento a través de la arrogancia del personaje de Piccoli y la cruel entrega de Camille al inescrupuloso productor.
El otro duelo es de naturaleza cinematográfica. Desde los créditos de inicio, con el particular modo de introducir al equipo técnico, la ruptura de la convención clásica de sincronización entre imagen y sonido es la puerta de entrada hacia una certeza inexpugnable: ya no es posible concebir el cine en los términos en que lo entendíamos. Godard cineasta toma conciencia de esta imposibilidad. Y allí entra en escena uno de sus maestros, Fritz Lang. Su rol en la película contrasta con la histeria de Piccoli. La presencia de ambos confirma la disputa dialéctica entre el cine clásico y el cine moderno. En este punto, la propia película extrapola un momento bisagra en la historia, ese momento que el propio Godard reescribirá una y otra vez, transformando la sintaxis de un modo de relato, dinamitando la continuidad temporal, desarmando la ilusión de la transparencia y renovando la imagen de un autor.
Como todo duelo, El desprecio es una película que lastima y que conmueve, ya sea en la extinción de un amor como en la imposibilidad de adaptar un clásico como La Odisea. La mirada final de Ulises diciéndonos que ha descubierto tierra y el contraplano con el mar es tan emocionante como desgarrador.
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