Título original: Idem // Origen: Argentina // Dirección: Leonardo Damario // Guión: Antonella Kruger, Priscila Abitbol, Leonardo Damario // Intérpretes: Antonella Kruger, Nacha Guevara, Martin Slipak, Emilia Attías, Rafael Spregelburd, Donato de Santis, Turco Naim // Fotografía: Jorge Dumitre // Montaje: Rodrigo Feldman // Música: Carca // Duración: 77 minutos // Año: 2026 //
5 puntos
ENTRE LAS INTENCIONES Y LOS RESULTADOS
Por Mex Faliero
El marplatense Leo Damario tiene una idea clara del cine que le gusta y, sobre todo, del cine que le gusta hacer. Que no va para nada por los caminos de cierta narrativa tradicional o conservadora, y se define a partir de sus provocaciones y rasgos de estilo que tienen que ver con una cámara en movimiento constante, un lenguaje que tensa la cuerda de lo esperable y una resolución interna de cada escena que se corre de lo previsible, al límite de dejar colgado al espectador en un pensamiento: “¿Qué estoy mirando?”. Lo curioso, y ahí parte de su provocación, es que lo hace sobre una estructura reconocible: Solo fanáticos, su séptima película, es un clásicos relato amoral de venganza que sobresale precisamente por los gestos del director. Tómelo o déjelo.
La protagonista, Antonella (interesante actuación de Antonella Kruger, que se muestra muy natural en un rol que demanda una presencia física destacable), es una modelo de OnlyFans que está embarazada y ante el desprecio del padre de la criatura, decide montar una venganza contra ese hombre que es, además, hijo de un poderoso empresario hotelero. En ese conflicto, Demario toma una decisión interesante: en vez de contar otro drama con reflexiones sociológicas donde victimice a su personaje, toma el camino inverso. La pone en actitud revanchista, y en esa decisión arrastra la narrativa de la película que se mueve entre lo caótico y lo explícito, en una búsqueda de un cine de explotación con sesgos artísticos, en una textura que asimila elementos tanto de la publicidad como del videoclip, dos lenguajes muy conocidos por Damario.
Este mejunje de tonos y estilos, a lo que habría que sumar un acercamiento a cierto costumbrismo argentino en las escenas donde aparece Nacha Guevara, funciona por momentos y se diluye en varios pasajes. Funciona cuando se da con naturalidad, por ejemplo en esos diálogos naturales entre Kruger y Emilia Attias que muestran sin juzgar una universo definido por reglas que se salen de los márgenes de la corrección, y falla cuando se impone cierta pose artística, en secuencias musicalizadas que se convierten en largos tiempos muertos con aire a clip o en escenas donde lo ridículo (el diálogo entre la protagonista y Benjamín Vicuña) nunca logra capturar la lógica de la autoconciencia. En cierto sentido, Damario parece importarle muy poco lo que los demás puedan pensar sobre su cine y avanzar con un imaginario personal, un desarrollo que cruza cinefilia, guiños, un lenguaje pastichero y una identidad bien propia, que tal vez tenga como pecado la incapacidad para introducir en el juego a un espectador que no esté convencido desde el vamos. Lo que deja en claro, también, que las películas se hacen de intenciones, pero lo que terminamos juzgando son sus resultados.
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