Título original: Ídem // Origen: Marruecos / Francia / España / Alemania / Bélgica // Dirección: Maryam Touzani // Guión: Maryam Touzani, Nabil Ayouch // Intérpretes: Carmen Maura, Marta Etura, Ahmed Boulane, María Alfonsa Rosso, Sanae Regragui, Miguel Garcés // Fotografía: Virginie Surdej // Montaje: Teresa Font // Música: Freya Arde // Duración: 116 minutos // Año: 2025 //
7 puntos
UNA CASA ENTRE DOS GENERACIONES
Por Guillermo Colantonio
Hay películas que parecen estar concebidas para que se luzca un actor o una actriz. Puede que Calle Málaga, de Maryam Touzani, haya sido escrita con el foco puesto en Carmen Maura, quien interpreta magistralmente a María Ángeles, una mujer viuda de 79 años que ha vivido la mayor parte de su vida en Tánger. Sus días son luminosos. Es feliz con su rutina: cocina, escucha vinilos, hace sus compras, disfruta de la comunidad y visita ocasionalmente a Josefa, la hermana monja que hace sus votos de silencio. Todo se altera con la llegada de su hija Clara, quien se ha divorciado y viene dispuesta a vender la casa. Su vida es complicada y la única solución es obtener dinero porque no puede sostener un alquiler. Dos generaciones quedan enfrentadas. Sus valores son diferentes. La madre siente un apego afectivo hacia los objetos-sus objetos-, su espacio y su rutina. Su concepción del tiempo se funda en ese presente habitado por pequeños rituales sagrados. Estos incluyen los mandados por la mañana, los breves intercambios verbales con los vecinos, invitarlos a ver partidos de fútbol a su casa, escuchar esas tontas canciones de amor y monologar algunas tardes en el convento mientas su hermana la escucha. El arribo de Clara incluye una mochila de problemas. La joven es presa del juego social de rendimiento, de los problemas económicos y de una noción de tiempo productivo donde todo deber ser convertido en dinero. Pese a los lazos afectivos, la distancia entre ambas es insalvable.
El registro de Touzani nunca abusa del sentimentalismo, por el contrario, apela a una sólida narración e incorpora dosis de humor que atenúan acertadamente la oscura atmósfera que se cierne sobre la problemática familiar. Además, lejos de la misantropía, comprende a sus personajes y nos los mira desde un lugar de superioridad moral. Ante los inconvenientes que alteran su vida, María Ángeles se transformará en un personaje de la picaresca, capaz de poner a prueba su astucia y no resignarse ante los imperativos que le propone su hija, tan oscuros como ir a parar a un geriátrico. En el medio de este itinerario, (re)descubrirá el amor y reavivará el deseo. Esta especie de autonomía femenina en la tercera edad nunca está disociada de la trama y, en todo caso, es parte de una acertada construcción de la protagonista. La complicidad de la cámara no se da solo en el orden de las ideas, también implica un registro del cuerpo, venciendo tabúes y exigencias mediáticas sobre qué mostrar o no de la vejez.
El resultado es un drama convencional pero no afectado, y con una estética que parece captar muy bien la integración en el histórico barrio, apostando a la visibilidad de los rituales colectivos en tiempos de individualismo recalcitrante. En este sentido, la historia de la hija-no demonizada-contrasta con la de la madre. Una película amable, en la mejor de las acepciones.
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