Título original: Ídem // Origen: Uruguay / Argentina / Alemania // Dirección: Lucía Garibaldi // Guión: Lucía Garibaldi, Federico Alvarado // Intérpretes: Martina Passeggi, Sofia Gala, Soledad Pelayo, Alfonso Tort, Maruja Bustamante // Fotografía: Arauco Hernández // Edición: Sebastián Schjaer // Música: Fabrizio Rossi // Duración: 98 minutos // Año: 2025
6 puntos
DISTOPÍA COOL, EMOCIÓN EN SUSPENSO
Por Guillermo Colantonio
Si toda película es hija de su tiempo, Un futuro brillante, la película recientemente estrenada de Lucía Garibaldi, dialoga irónicamente con los tiempos que corren, aquellos en los que cualquier individuo parece estar sometido a la voluntad del dinero o de ciertas ilusiones con horizontes materiales confortables. Uno de los segmentos más afectados por esta trampa es el de la juventud. El modo que encuentra la realizadora uruguaya de referir esta problemática es a través de un cuadro minimalista de carácter distópico. Imaginemos un futuro no muy lejano con una tasa de natalidad bajísima, especies en extinción y una serie de experimentos con chicos y chicas de coeficiente intelectual elevado cuyo destino es un promisorio lugar denominado El Norte. Elisa (Martina Passeggi) tiene 18 años y forma parte de ese proyecto. Su rostro, afectado por rosácea, y su lacónica manera de expresarse, constituyen sus marcas particulares. Dicho laconismo se extiende al resto de los personajes, incluso al de una extraña vecina, Leonor, interpretada por Sofía Gala, la cual interpelará a la protagonista, de modo tal que oficiará como motor para una posible resistencia ante la oferta tentadora de este grupo misterioso, empeñado en la búsqueda de estabilidad genética y emocional.
Gran parte del desarrollo de la trama se lleva a cabo en un complejo de monoblocks, un espacio que habilita indiscreciones de todo tipo y conductas ilegales cuyo fundamento vuelve a ser el dinero, único objeto de deseo en un mundo que parece afectado por la falta de deseo y de vínculos, y más bien guiado por estímulos dirigidos a cánones de belleza impostada. Una de las virtudes de la película es sostener el discurso desde signos particulares, borrando referencias contextuales explicativas y creando un universo estético autónomo que se funda, principalmente, en una paleta de colores pastel y encuadres pensados geométricamente. Es parte de un proyecto formal donde todo conduce a la frialdad y a la parquedad. El futuro brillante del título, entonces, se devela progresivamente: se trata de un tiempo en el que lo único que importa es ser joven y manipulable. Que Elisa se oponga a ello también habla de la necesidad de Garibaldi por insertar el toque feminista a modo de rebeldía.
Hace unas semanas leí un posteo de Raúl Perrone, cineasta que ha consagrado gran parte de su carrera a filmar a las personas sin pedirles nada a cambio, en todo caso, consagrando su cámara más allá de mostrarse como el gran director que es. Decía-o mejor dicho, reclamaba-algo así como “quiero que en las películas la gente hable como la gente”. Me parece un buen punto de partida para una discusión acerca del registro oral en gran parte del cine rioplatense y acaso dé cuenta del principal problema de Un futuro brillante: allí donde crecen sus ideas estéticas, se empalidece el tono de los diálogos, un problema generalizado que es similar a la plaga de hormigas que arrasa el mundo en esta película. No creo que el escenario distópico sea el fundamento para que cada intervención oral de los personajes se mantenga en el mismo registro monocorde. Esa forzada distancia con el espectador le borra todo atisbo de alma a un artefacto visual sólido, pero perdido en la pose cool y en los conceptos.
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