Título original: Ídem // Origen: España / Francia / Portugal // Dirección: Albert Serra // Guión: Albert Serra // Testimonios: Andrés Roca Rey, Antonio Chacón, Francisco Durán “Viruta”, Paco Gómez, Manuel Lara “Larita”, Roberto Domínguez, Pablo Aguado // Sonido: Jordi Ribas, Bruno Tarriere, Samuel Mittelman // Edición: Albert Serra, Artur Tort // Música: Marc Verdaguer // Duración: 125 minutos // Año: 2024 //
9 puntos
LA LÓGICA DEL VIDENTE
Por Guillermo Colantonio
Tal vez sea un lugar común afirmar que Albert Serra es un cineasta cuyo norte es el hedonismo. Su gesto diletante, más allá de la moral, convierte a cada una de sus películas en una experiencia tan fascinante como alucinatoria. Los temas, en todo caso, quedan rezagados ante el imperativo de un visionario que modela y transforma cualquier material de base en materia puramente cinematográfica. Ninguna cárcel de la ética ni de la política, en un sentido restrictivo, tiene lugar en Tardes de soledad. Y si bien la tauromaquia es una esfera cultural y discursiva que se presta a priori a la polémica, a Serra no le importa adherir a ninguna marea de corrección política; en todo caso, lo suyo tiene más que ver con el libre albedrío de quien es capaz de devolverle al cine su condición reveladora y, al género documental, su posibilidad creativa en cuanto transforma lo real en otra cosa.
La mirada -esa mirada que convierte a Serra en un auténtico cazador de planos- está focalizada en la intensa temporada del torero peruano Andrés Roca Rey. Desde el comienzo queda anulado el juicio moral sobre esta práctica tan cuestionada. Podemos ver un primer plano de un animal herido, pero sabemos de inmediato que el interés es de tipo antropológico. Nunca el montaje determina un punto de vista incriminatorio, por el contrario, la duración de los encuadres permite explorar el espacio cinematográfico en función de una idea rectora: perder por un momento el horizonte contextual, objetivo, a favor de una dimensión subjetiva que nos introduce en el riñón de un enfrentamiento entre bestias, hijas de la naturaleza, dispuestas en un ritual y un sacrificio, más allá del espectáculo. No es casual que los mejores momentos de la película, aquellos que dan cuenta de la contienda en la arena, pierdan de vista al público y aparezcan encapsulados en ese duelo de miradas donde lo humano y lo salvaje parecen confundirse e invertirse.
Hay una estructura que Serra mantiene. Están las escenas que ofician como marco. La vuelta en la furgoneta, luego de cada corrida, representa una forma de descanso. La cámara inmóvil, como si fuera una mosca en la pared, observa frontalmente a Andrés y permite escuchar los comentarios del equipo. Funcionan como un coro griego que, tras los pasajes de tensión, alivian la atmósfera y explican lo ocurrido, para apaciguar su dimensión fatal, su pulsión de muerte. Pero también existen esos lapsos en los que vemos la meticulosa preparación previa a cada evento o a la atención de las heridas luego de la terrible lida. Acaso el título de la película-o uno de sus sentidos posibles- encuentre fundamento en estos movimientos aletargados y rutinarios, donde la adrenalina se apaga progresivamente y también se encienden las dudas de un hombre, poderoso en el ruedo, pero vacilante en su intimidad. De allí las preguntas o las aseveraciones: “¿lo habrán entendido?”, “he tenido suerte”.
El acercamiento que hace Serra hacia su objeto de observación parte del asombro, esa cualidad que parece haber perdido gran parte del cine en la actualidad. No se trata de un acercamiento posicionado desde las alturas del pequeño burgués ni animado con las intenciones de un acreedor. Por el contrario, consagra su ojo para internarse en una liturgia, en un umbral entre la vida y la muerte, con la fascinación de quien, una vez más, ofrece un prodigio estético, sin ley, sin orden, con el único imperativo que rige el principio de sus películas, la lógica del vidente.
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