Título original: A torinói ló // Origen: Hungría – Francia – Alemania – Suiza // Dirección: Ágnes Hranitzky, Béla Tarr // Guión: László Krasznahorkai, Béla Tarrscreenplay // Intérpretes: János Derzsi, Erika Bók, Mihály Kormos, Mihály Ráday, Ricsi // Fotografía: Fred Kelemen // Montaje: Ágnes Hranitzky // Música: Mihály Vig // Duración: 175 minutos // Año: 2011 //
9 puntos
UNA BIBLIA SIN DIOS
Por Guillermo Colantonio
A raíz de la desaparición física de Béla Tarr, uno de los grandes directores y poetas del cine contemporáneo, circularon innumerables obituarios, reportajes y pequeños homenajes privados por parte de una cinefilia que fielmente amó cada una de las películas del realizador húngaro. Entre esa marea de palabras, leí por ahí lo siguiente: “Un periodista francés me dijo: El caballo de Turín parece una Biblia”. Le respondí: “Sí, pero sin Dios”.
Rescato esa respuesta por tres motivos. El primero es de índole formal y tiene que ver con el tiempo, una de las grandes inquietudes de Béla Tarr. El tiempo se puede abordar desde varias disciplinas y generalmente la razón no nos alcanza para comprenderlo. El cine es un dispositivo que manipula el tiempo y transforma decisivamente la concepción que tenemos del mismo, por lo menos en términos de medición cronológica. De modo tal que Tarr no solo lo asume como tema, sino que también lo piensa como forma. Desdeñar la narración en un sentido convencional nunca fue un capricho diletante, todo lo contrario, dirigir la atención a una conexión de tipo emocionalmente existencial. Pero cuando la conexión es emocional, entonces ocurre otra experiencia, no condicionada por el relato. Se da cuenta de un tipo de vínculo con el arte que no esclarece, que pega de otro modo.
El caballo de Turín es “una Biblia sin Dios”. El segundo motivo proviene de la magistral observación del realizador, porque cualquier expresión artística de índole metafísica, del mismo modo que puede prescindir de la narración convencional, también lo puede hacer de la religión. Cualquier pregunta por el tiempo y la trascendencia -dos constantes en el cine de Béla Tarr- siempre requerirá un marco de secularización.
El tercer motivo es personal: Nietzsche. En la obra de Nietzsche poesía y filosofía se abrazan, “desbordan cada una de sí, son igualmente extremistas, y no aspiran a lo absoluto porque se creen ya dentro de él” dice María Zambrano en Herencia del romanticismo. Lo mismo podría decirse para esta gran película sobre los últimos días en la vida del filósofo, de pocas ambiciones argumentales y que utiliza un registro contemplativo para construir un universo poético y visual increíble. Y no me refiero a la excusa de la observación para una sucesión de viñetas caprichosas, de esas ya instituidas en los festivales, que se pretenden singulares y respetables. Tarr es un maestro para capturar el tiempo y transformar la cotidianeidad de un ser humano y su locura progresiva en una experiencia sensorial única e irrepetible. Basta considerar su travelling inicial siguiendo al filósofo y al caballo camino a ese precario hogar en el que vive con su hermana. Tiempo de percepción y de espera. Lo importante es el presente de la situación y la escenificación, cuya intensidad y expresividad son semejantes a un poema visual, una forma de dislocar nuestra propia experiencia como espectadores. Si el punto de partida es la conocida leyenda sucedida en la ciudad de Turín en 1889, entre el filósofo y el maltratado caballo de un cochero, Tarr elude cualquier visión de manual, evita cualquier forma impostada de realismo social y ofrece un acercamiento de tipo ontológico, porque no hay mejor modo de hablar de filosofía que haciéndola. En este caso, con el cine.
Y si bien la figura evocada pesa demasiado -nada menos que Nietzsche-, parece haber una voluntad por consagrar cada plano secuencia a un objetivo: que nos alejemos de la acción y del nombre propio para desembocar en una experiencia atemporal asociada a la idea de fin. Muy lejos estamos del intento de una biografía. Béla Tarr crea en El caballo de Turín un universo personal en el que las ideas y los libros del filósofo son sustituidos por lo que queda de un humano -demasiado humano- cuando finalmente asoma la locura, es decir, cuando “la noche cada vez más cerrada”, gobierna la existencia. Nietzsche lo dijo en La gaya ciencia y es una frase aplicable al Siglo XXI. Béla Tarr filmó la experiencia y es uno de los más grandes cineastas del Siglo XX.
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