Título original: Memoir of a Snail // Origen: Australia // Dirección: Adam Elliot // Guión: Adam Elliot // Voces originales: Jacki Weaver, Sarah Snook, Charlotte Belsey, Agnes Davison, Mason Litsos, Eric Bana, Saxon Wright, Dominique Pinon, Selena Brennan // Fotografía: Gerald Thompson // Montaje: Bill Murphy // Música: Elena Kats-Chernin // Duración: 95 minutos // Año: 2024 //
7 puntos
TRISTEZAS DE UN CARACOL
Por Esteban Simoes
La última película del director de Mary and Max llega a Argentina después de cosechar reconocimientos en el mundo, nominación al Oscar incluida. El australiano Adam Elliot trabaja la técnica de animación stop-motion como muy pocos en el circuito y enlaza, como ya hiciera en sus anteriores trabajos, una historia muy triste con algunos destellos de comedia y esperanza. Acompañado por un verdadero seleccionado de actores de su país que hacen las voces (¡incluido el músico Nick Cave!), Elliot desgrana esta historia de pérdidas y transformaciones que le llevó más de ocho años en su realización.
Ambientada en los setenta, la historia de Grace, la protagonista que narrará los acontecimientos desde su particular punto de vista y su amor por los caracoles, es un dechado de sinsabores. Todo lo malo que pueda pasarle, ocurre. La narración nos sumerge en una trama tal vez algo predecible, conociendo a su director y el tipo de historias que le gustan narrar, pero que tiene la valentía de cuestionar y por extensión hacernos cuestionar nuestros prejuicios y, a su vez, poner en tensión ciertos elementos de candente actualidad (desde la industria de la autoayuda hasta el fanatismo religioso) que son homologables fácilmente a cualquier sociedad occidental industrializada en este Siglo XXI.
El problema de Memorias de un caracol, desde mi humilde punto de vista, es que para tensionar estas y otras cuestiones no duda en apalear a los espectadores con una galería de golpes bajos y ciertos plot-twists que resultan sin dudas bastante mala leche (gordofobia incluida, digamos todo). A Elliot no le tiembla el pulso para meterse en este y otros lodos si hace falta. A su vez, no podemos dejar de señalar la ironía de que, en post de cerrar la historia con cierta luminosidad, termine recurriendo a argumentos y soluciones dignas de los gurúes de la autoayuda que tanto se empeña el film en criticar.
De todos modos, estamos ante una película que es disfrutable, que provoca admiración por su gran despliegue técnico (algunas secuencias son sencillamente inolvidables) y que, como decíamos anteriormente, se atreve a hablar de cosas tristes, algo que es en sí mismo un mérito, dada nuestra ignorante tendencia a la distracción y los consuelos facilistas. Memorias de un caracol es una pequeña gran película, que, aún con sus fallas y sus traspiés, consigue atraparnos y lograr sin dudas que nos hagamos varias preguntas, no sólo las que la película propone, sino otras. Y eso, mis queridos amigos, es algo muy valorable. Más todavía, en esta época de pasiones prefabricadas y emociones de cartón.
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