Título original: Kensuke’s Kingdom
Origen: Inglaterra / Luxemburgo / Francia
Dirección: Neil Boyle, Kirk Hendry
Guión: Frank Cottrell Boyce, basado en la novela de Michael Morpurgo
Voces originales: Cillian Murphy, Sally Hawkins, Raffey Cassidy, Ken Watanabe, Aaron MacGregor, Kotoko Wertheim
Dirección de arte: Michael Shorten
Montaje: Peter Duggan, Richard Overall
Música: Stuart Hancock
Duración: 85 minutos
Año: 2023
7 puntos
EL KOKORO DE UN ANCIANO
Por Franco Denápole
El reino de Kensuke narra la historia del naufragio de un niño en una isla aparentemente desierta. Michael ha iniciado un viaje alrededor del mundo con su familia, un poco en contra de su voluntad: extraña a su perra y en ese sentimiento de pérdida se cifra otro cúmulo de emociones angustiosas que le están ocurriendo a nuestro protagonista. Michael se separa de su familia y va a dar a un lugar desolado. Allí conoce a un hombre huraño y dañado. Kensuke (el verdadero corazón del film), al encontrarse con el niño, aprenderá una vez más a querer a una persona, rompiendo su aislamiento espiritual. Hay que decir, en este sentido, que el supuesto personaje principal de la historia queda algo desdibujado, limitado, la mayoría del tiempo, a ser el detonante del cambio ajeno.
Un relato sencillo, narrado sin divagar ni incurrir en dilaciones, abocado a la exploración emocional del anciano lastimoso, algo mal llevado y profundamente emotivo al que le presta voz Ken Watanabe. Esto último no es esencial. Desde el comienzo el largometraje nos deja en claro que el diálogo no abundará, en una trama contada mayormente mediante gesticulaciones y simbologías. No por nada Michael y Kensuke hablan idiomas distintos: la comunicación entre ellos y entre película y público no requiere demasiados signos lingüísticos. La voz que figura un poco más es, en todo caso, la de Aaron MacGregor, es decir la del niño. Además de la de Watanabe hay una pequeña colaboración de Cillian Murphy, que no está muy bien, y la de Sally Hawkins, que está un poco mejor.
La película destaca sobre todo en una secuencia que cuenta los recuerdos de Kensuke, narrada mediante una técnica de animación que simula el salpicado de una tinta china. Este recurso logra unos resultados a nivel metafórico muy atrapantes y sella la relación entre el espectador y el anciano. Sobre esta se apoya el final, que logra una potencia notable y nos deja con un sentir verdaderamente agridulce, en el que se despliega lo que los japoneses llaman el kokoro de Kensuke, su alma/corazón, su sentir íntimo.
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