Por Mex Faliero
No conocí personalmente a José Martínez Suárez y en este presente de redes sociales, donde las muertes sirven más para alimentar el ego propio que para recordar al que se fue, podría ser un problema: no tengo anécdotas con él para contar, ni fotos para postear y conseguir “me gusta”. Sin embargo, sí conozco a mucha gente que lo conoció, y todos hablan maravillas de él, de su don de persona y de su honestidad intelectual. De lo otro, de su talento como director y su mirada como cineasta, no es mucho lo que se puede agregar a lo mucho que ya se ha dicho: sólo con ver unos minutos de Dar la cara uno puede apreciar esa modernidad innata sobre la base del aprendizaje que representa el relato clásico; con sólo ver un rato de Los muchachos de antes no usaban arsénico uno puede comprobar su sentido del humor único, su sonrisa que delata la virulencia verbal de la ironía. En ambos sentidos, uno de los grandes talentos del cine argentino. Pero vuelvo al origen, a esa leyenda que ha sabido construir grandes relaciones, ser maestro y emprender aquello que le correspondía con verdadera enjundia. La síntesis de todo eso puede ser el Festival de Cine de Mar del Plata. Presidente del certamen desde hace varios años, José Martínez Suárez fue la figura que mantuvo varios lazos unidos. Principalmente, el de Mar del Plata, el de la gente de Mar del Plata, con el festival porteño que se hace en estas playas. Si ese monstruo de varias cabezas que es el MDQFEST, ese que siempre tironea entre los diferentes intereses de funcionarios, gente de cine, organizadores, laburantes o voluntarios, lograba mantenerse sólido es exclusivamente por la presencia de Martínez Suárez, siempre firme para hacerle frente a cualquier situación y eliminar las distancias que se apagaban tan sólo con su presencia. Martínez Suárez era consciente de todo: a partir de su mirada cinéfila, de lo grande que es un acontecimiento de estas características; a partir de su mirada de laburante del cine, de los problemas organizativos y económicos de cada momento. Por eso podía compartir una clase magistral con el director más encumbrado y al rato estar charlando en la fila de algún cine con un público algo “caliente” por la demora de una función. No sé cuánta gente con esta capacidad, con esta conciencia y esta coherencia, existe todavía dispuesta a poner el cuerpo de esa manera. Y tampoco sé cuánto afectará al Festival de Mar del Plata su ausencia. La ausencia de los grandes trae tristeza y desolación, pero también la posibilidad de comprender su legado y reconstruir en consecuencia.
