Por Rodrigo Seijas
La semana pasada, el Gerente General del INCAA Juan García Aramburu aseguró en una entrevista con El Marplatense que ya se está trabajando para que la ENERC tenga una sede en Mar del Plata. El funcionario indicó también que “se busca fortalecer el vínculo con la ciudad” y que el anuncio oficial se haría hacia fines de febrero o marzo. La noticia completa puede leerse acá y me permito hacer algunos comentarios sobre ella:
-Obviamente que sería excelente que la ENERC tenga una sede en Mar del Plata, que no solo es una de las principales ciudades del país, pero al mismo tiempo una urbe que siempre tuvo dificultades para producir un cine con una identidad propia y sistémica. Para tener un campo cinematográfico consolidado, una de las patas fundamentales es poseer un sistema de enseñanza y formación consolidado y accesible para los realizadores, algo que podría aportar con creces una institución como la ENERC. Pero estamos hablando de solo una pata: también se necesita un público estable y relativamente fiel, una identidad y canales de exhibición pertinentes. En lo que refiere a esto último, una cuenta pendiente pasa no solo por la inexistencia de un Espacio INCAA (algo que se viene discutiendo y prometiendo desde hace años, sin resultados concretos) sino también de un control y fomento óptimo para que las salas comerciales (todas controladas por la cadena Cinemacenter) le brinden al cine argentino (y particularmente al marplatense) los espacios y horarios adecuados.
-Nuevamente el INCAA incurre en una selectividad improductiva a la hora de comunicar sus acciones, planes e intenciones. En este caso, dando a conocer proyectos aún no oficializados a un sitio web que funciona bajo el paraguas del Grupo Clarín, confirmando de manera un tanto ingenua esa idea bastante apolillada y facilista del “blindaje mediático” sostenida por mucha gente que en general no lee, escucha o mira medios pertenecientes al grupo de medios. Dejando afuera esa puntualidad, es relevante analizar mínimamente si no era mejor comunicar de forma general y oficial –sin discriminación a otros medios-, aclarando todas las posibles dudas y evitando especulaciones. Es cierto que el INCAA ha optimizado la comunicación de muchas de sus acciones, evitando los favoritismos o proselitismos de las gestiones del gobierno anterior (que solía aplicar un “pluralismo” para los amigos), pero acá fue en un sentido totalmente contrario.
-Si finalmente hay un anuncio oficial y no queda todo en meras palabras de ocasión de un funcionario tratando de quedar bien con la ciudad antes de retornar a porteñolandia, la siguiente duda que surge es si el proyecto se hará realidad en tiempo y forma. Esta duda, creo yo, tiene sustento a partir de datos como el siguiente: todavía no se completó el pago a los voluntarios del Festival Internacional de Mar del Plata, que están esperando recibir los honorarios que les corresponden desde hace dos meses. Estamos hablando de montos (y logística) ínfimos en comparación con lo que implica instalar una sede de un instituto de enseñanza (asignación presupuestaria, elección del lugar específico, licitación, construcción, contratación de personal, autorizaciones legales y administrativas, apertura de inscripción, selección de alumnos, etcétera, etcétera). Aramburu habla de “fortalecer el vínculo con la ciudad”: una buena forma es empezar a pagarle cuando corresponde a la gente de la ciudad que trabajó en el festival que organizó el propio INCAA.
-Una vez más, llama la atención la reacción frente al anuncio por parte de los integrantes de la comunidad cultural de la ciudad. Y digo “reacción” por decir algo, porque en verdad sería una “no reacción”: lo que prevaleció, claramente, fue el silencio o la indiferencia. De hecho, hubo muchos que parecieron más preocupados por las contingencias de la campaña electoral en las playas marplatenses que por este anuncio. Ni hablar de los sectores asentados en Capital Federal, que fueron rapidísimos para salir a expresarse en las redes sociales a propósito de la deuda con los voluntarios (vale aclarar que hasta el 2015 estos asuntos no los inquietaban mucho) pero que al momento de conocerse esta noticia no tuvieron mucho para decir. Vale preguntarse cuál es el criterio que utilizan a la hora de interpelar a la actual gestión del INCAA, si es que tienen un criterio. Pero estamos hablando de apenas un capítulo más en la ciclotímica relación que se ha entablado entre los funcionarios y la comunidad cultural no solo marplatense y porteña, sino directamente nacional. Quizás sea hora de empezar a ser más consistentes y coherentes en el análisis de las medidas, planificaciones y (in)acciones del actual gobierno respecto al cine nacional. Y esto también va mí: espero que este texto sea el puntapié inicial para empezar a analizar y opinar de manera más persistente sobre la gestión cultural de un gobierno que entra en el último año de su mandato, pero que por algo está buscando (y con chances) cuatro años más.
