Por Rodrigo Seijas
The walking dead logró cerrar la primera parte de su novena temporada en alza: Evolution distó de ser un capítulo magnífico, pero tuvo unos cuantos componentes vibrantes, que se impusieron a algunas lagunas narrativas y subtramas no del todo pertinentes.
Lo más flojo del episodio estuvo por el lado del camino de aprendizaje emprendido por Henry, quien se queda como aprendiz de herrero en Hilltop, pero termina emborrachándose con unos jóvenes de su misma edad, metiéndose en problemas y en una celda con un castigo severo que en punto le sirve como lección. Hay ahí un intento de ir dándole entidad al personaje, su vínculo afectivo con Carol y la atracción que siente por Enid, aunque por ahora hay muchas insinuaciones y poca sustancia, lo cual entorpece el ritmo narrativo. Algo parecido se puede decir del contrapunto que se va dando entre el Padre Gabriel y Negan, lo cual se compensa por la vuelta de tuerca (algo inverosímil) por la que el ex líder de los Salvadores se encuentra, casi de casualidad, con la puerta de su celda abierta y la chance de escapar de su cautiverio.
En cambio, es más pertinente todo el intercambio que se da entre Michonne, Carol y Tara, como representantes de Alexandria, el Reino y Hilltop, respectivamente, exponiendo las tensiones personales entre ellas pero también entre los tres pueblos. El que parece más apartado e incluso aislado es Alexandria, lo cual ha reducido el contacto entre las poblaciones, aunque todavía no están claros los motivos por los cuales se llegó a esa situación. Lo cierto es que ese enigma, ese vacío de certezas respecto a las razones para las separaciones, le da mayor vitalidad al conflicto.
Lo mejor estuvo obviamente por el lado de la misión que emprenden Daryl, Aaron y Jesus para rescatar a Eugene, que termina en éxito y fracaso a la vez: éxito porque eventualmente encuentran a Eugene, pero fracaso porque sobre la marcha (y demasiado tarde) se van dando cuenta que esa horda de zombies que deben enfrentar no es una horda cualquiera, que tiene comportamientos inteligentes, es capaz de organizar una cacería y hasta comunicarse entre sus diversos integrantes. En ese escape es que la puesta en escena de Michael E. Satrazemis muestra virtudes innegables, aprovechando la neblina como puente estético para explotar el poderío de los sonidos (esos crecientes susurros) y el fuera de campo.
Los minutos finales van decantando en una situación casi sin salida de un cementerio, y aunque Michonne, con la ayuda de Magna y Yumiko –dispuestas a “ganarse el pan”- llega para ayudar, no se puede la muerte de Jesus (que ya insinuaba trazos signados por la tragedia, desde ese liderazgo que nunca llegó a asumir) a manos de un zombie que no era un zombie, pues era en verdad un humano enmascarado. Es la presentación oficial de los “Susurradores”, los nuevos villanos que tendrá la serie, que en el plano final tienen rodeados a los protagonistas. Esta vez, la utilización del suspenso que hace Evolution es más que pertinente, elevando la expectativa para lo que viene. Quizás The walking dead pueda aprovechar este impulso y retomar algo de la calidad que supo tener en sus primeras temporadas.

