Por Rodrigo Seijas
Ya hay en la novena temporada de The walking dead una clara intención de desarrollar un conflicto esencialmente interno, donde la convivencia entre las diversas agrupaciones –Hilltop, Alexandria, el Reino, el Santuario- es cada vez más ardua a partir de las diferencias que van surgiendo. Y la intensidad va escalando, aunque no deja de ser un poco alarmante la recurrencia en la discursividad, la necesidad constante de diálogos y discursos para explicar todo lo que les sucede a los personajes. De ahí que The bridge sea un capítulo con hallazgos aislados y que solo en algunos pasajes consigue atrapar.
Tampoco es que se puede pedir que los personajes no hablen o solo se expresen con monosílabos. De hecho, el diálogo donde Earl le cuenta sobre su alcoholismo a Maggie tiene una bienvenida sinceridad, sostenida en buena medida en las capacidades actorales de John Finn; y la progresión de los romances entre Ezequiel y Carol, y el Padre Gabriel y Anne, a pesar de lucir un tanto forzados, también poseen características entre risueñas y dulces, apelando en parte al humor pero también a las fragilidades que expresan los personajes. Las dudas, los temores y al mismo tiempo las necesidades de afectos brindan una mayor ambigüedad y eso justifica los pequeños descansos románticos.
Distinta es la progresión que se da con Justin, un ex Salvador que pareciera querer seguir comportándose como si Negan continuara al mando: da la impresión de que el relato quisiera forzarlo a ser entre imbécil y torpe, peleándose por un vaso de agua, fallando en desviar una horda de walkers y nunca aceptando sus culpas, hasta propiciar un enfrentamiento no solo con Daryl sino también con Rick, que lo termina echando de la comunidad. Es indudable que todo apunta a un nuevo choque entre facciones, lo cual se remarca por el exilio voluntario de varias personas del Santuario y la no llegada de materiales a Hilltop, además de las divergencias que comienzan a aparecer entre los puntos de vista de Rick y Michonne, y los de Maggie y Daryl, pero a la serie parece costarle construir este conflicto, que hasta luce repetitivo. Por eso hasta es un alivio cuando The bridge se permite adentrarse en la acción y tensión pura, con la sangrienta y creativa escena donde Aaron es herido y termina perdiendo el brazo.
Los dilemas que afronta The walking dead se expresan en el diálogo que tienen Rick y Negan, quien retorna a la serie desde su celda. El primero quiere pintar un panorama que hace parecer todo un capítulo de La familia Ingalls: hay problemas, diferencias internas en los individuos y gente que la pasa mal, pero todos son conscientes de que están construyendo un futuro. El segundo no es tonto y le dice “cuando todo se vaya a la mierda, asegurate de venir a contármelo”, para luego agregar “ese puente no es el futuro, es un monumento a los muertos” y completar su razonamiento aseverando “no estás salvando el mundo, Rick, solo lo estás preparando para mí”. Lo cierto es que no solo Negan posiblemente tenga razón, sino que incluso la serie necesita que tenga razón, que todo explote de una vez, para que los conflictos adquieran los niveles de tensión que renueven el interés. Mientras tanto, The bridge es un episodio que quiere insinuar potencia, pero que está lejos de conseguir su objetivo.

