Comenzó la pelea por el Astor de Oro con dos producciones, una aceptables como “Children untold” de Miwa Nishikawa, y la otra más manipuladora como “Los relatos” de Miguel del Arco.
–Children untold de Miwa Nishikawa / 6 puntos
Nishikawa sitúa la historia en el Tokio de 1945, entre las ruinas materiales y morales de la derrota japonesa, para explorar las consecuencias de una catástrofe sobre aquellos que suelen quedar fuera de los grandes relatos históricos: los niños, los huérfanos y, particularmente, las niñas. Estamos ante una especie de novela cinematográfica, con ecos de Dickens y Victor Hugo, y con la segura protección de una narración que, pese a la crudeza de los temas abordados, se mantiene dentro de los carriles digeribles de las convenciones. Algunos pasajes funcionan por su potencia emotiva, otros por la gracia de las criaturas en pantalla. La protagonista, una chica de doce años que se hace pasar por varón para sobrevivir en las calles, permite introducir una dimensión muy potente: la identidad como estrategia de supervivencia. No se trata solamente de ocultar quién se es, sino de comprender que, en determinadas circunstancias, el propio cuerpo se convierte en un territorio de tensión, una marca expresiva frecuente en buena parte del cine contemporáneo. Los temas serios están, entonces; el problema pasa principalmente por una estética hartamente transitada en los circuitos industriales, además de una mirada histórica que abusa, por momentos, de ciertos anacronismos y de situaciones forzadas para demostrar su tesis sobre el sufrimiento. Ahí es donde uno extraña películas como La Raulito o Crónica de un niño solo. Guillermo Colantonio
–Los relatos de Miguel del Arco / 4 puntos
Si el punto de partida de esta película retuerce el verosímil hasta el límite y la vuelve incómoda desde el vamos, el resto hace lo posible para precipitarnos en el infierno de la pornografía del dolor. Pablo regresa a su pueblo después de haber cumplido veinte años de prisión por el asesinato de su esposa. La publicación de una biografía sobre su historia y su vuelta al lugar del crimen reactivan las heridas del pasado y colocan nuevamente al protagonista bajo la mirada de los demás. El primer dato inaudito es que ha vuelto a formar pareja con su psicóloga de la cárcel y ha tenido otra hija con ella. Todo lo que ocurre a partir de ahí es una sucesión catastrófica de situaciones que, además de estar hiperbolizadas dramáticamente al servicio de determinados imperativos éticos, son explicadas de manera constante mediante diálogos y testimonios de los personajes dirigidos a cámara. En términos gastronómicos, es como ponerle diez saché de mayonesa a una hamburguesa. En ese itinerario absurdo, el problema no es que la película se centre en un monstruo que sigue vivo, en este caso, bajo la forma de la violencia de género, sino la acumulación de temas, sentencias y escenas en las que prima la manipulación de manera descarada. Todo parece dispuesto para que el espectador sepa qué debe pensar, qué debe sentir y hasta dónde debe indignarse. No hay espacio para la ambigüedad, para el descubrimiento ni para la complejidad de los personajes: cada situación llega acompañada de su correspondiente subrayado moral. El resultado. La confusión de intensidad con saturación y compromiso con acumulación de golpes bajos. Creo haber visto una de las películas más tramposas de las últimas décadas. Guillermo Colantonio
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