Título original: Ídem // Origen: Francia / España / Chile / Suiza // Dirección: Patricio Guzmán // Guión: Patricio Guzmán // Testimonios: Martín Calderón, Cristina, Patricio Guzmán, Ema Malig, Gabriela Paterito, Gabriel Salazar Vergara, Raúl Zurita // Fotografía: Katell Djian // Montaje: Patricio Guzmán, Emmanuelle Joly // Música: Hughes Marechal, José Miguel Miranda, José Miguel Tobar // Duración: 82 minutos // Año: 2015
9 puntos
EL AGUA COMO ARCHIVO INDELEBLE
Por Guillermo Colantonio
Hablar de Patricio Guzmán implica pensar el cine como testimonio, como memoria y también como una forma de resistencia frente a quienes pretenden borrar el pasado por pura conveniencia. Si algo caracteriza a los documentales del recientemente fallecido director chileno es estar dentro del acontecimiento histórico, no mirarlo simplemente desde afuera. La batalla de Chile (1975) es, acaso, el máximo exponente de esa tendencia: filmar no significa solo registrar una realidad, sino impedir que esa realidad desaparezca, estar con la cámara aún en los momentos más candentes y defender, preservar ese material a pesar de los obstáculos. En otras palabras, filmar una experiencia política mientras sucede, el primer paso-riesgoso y decisivo-para que, aún en la clandestinidad, el público pueda ver.
El botón de nácar (2015) puede leerse como una prolongación de las preocupaciones de La batalla de Chile, pero desplazadas de la historia política inmediata hacia la memoria, el territorio y la violencia. El agua, principio vital que dio origen al pensamiento filosófico occidental por parte de Tales de Mileto, es el punto de partida que toma Guzmán. Pero no lo transforma en una entidad abstracta, sino que lo utiliza como eje estructural para asociar naturaleza, memoria y devenir histórico. De este modo, el agua es un archivo indeleble, aquello que se mantiene ante la amenaza del borramiento y del interés económico que lo boicotea como recurso. Agua en un sentido ambivalente: el motor de la vida y el depósito de la muerte en tiempos de dictadura.
Pero la clave es ese botón de nácar que anuncia el título. Es un objeto mínimo, casi insignificante, pero permite reconstruir una historia gigantesca: la de Jemmy Button, el indígena yagán llevado a Inglaterra en el siglo XIX, y, por asociación, la historia de los pueblos originarios sometidos, desplazados y exterminados. Guzmán trabaja así con una operación muy característica de su cine: un pequeño vestigio material puede contener una historia entera. Los diversos momentos enunciativos en las películas apuntan a trazar dos historias conectadas cuyo fundamento ha sido el despojo: la de los aborígenes y la de las desapariciones durante la dictadura de Pinochet. La continuidad dramática a lo largo de los siglos es la idea rectora; el mar, la gran tumba sin nombre.
Evocar la memoria también es leer sus huellas en una multiplicidad de signos tales como los paisajes, los objetos, las fotografías y los cuerpos, entre otros. Los testimonios se añaden y se complementan con ellos. No obstante, la mirada y la reflexión de Guzmán trascienden nuestro planeta y se expanden al universo, se tornan cósmicas. Somos apenas unos puntos en el infinito. Ahora, cómo conciliar esa idea con la tragedia de la violencia estatal, cómo justificar los horrores terrenales en la lógica de la fascinante creación. Por una vez, el documental se abre hacia zonas más creativas que interpelan al discurso directo. En esta tensión se juega gran parte de la arriesgada propuesta del cineasta chileno.
El botón de nácar es una obra de madurez. Ya no se mira solo el pasado, sino que se lo integra al cosmos. Las preguntas siguen estando, pero adquieren nuevos matices, producto del paso del tiempo. Pero la canción sigue siendo la misma: filmar contra el olvido.
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