–Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
La cuarta y última temporada de Muertos S.L. estuvo un escalón por debajo de las anteriores, pero aún así se las arregló para entregar unos cuantos grandes momentos. La creación de Nando Abad, Araceli Álvarez de Sotomayor, Alberto Caballero, Daniel Deorador y Julián Sastre retomó casi exactamente donde había terminado la tercera temporada, por lo que su centro narrativo estuvo claramente en la contienda entre Dámaso (Carlos Areces) y Chemi (Diego Martín) por ver quién queda a claro de la funeraria Torregrosa. Indudablemente, la serie asumió, con bastante razón, que estos eran los personajes más potentes e interesantes: el primero por el cúmulo de frustraciones sentimentales y laborales con las que carga, que lo ponen en una línea delgada que alterna entre el realismo, el cinismo y el patetismo; el segundo por su total inconsciencia -y a la vez exceso de consciencia- del entorno, que lo lleva a otro tipo de patetismo, uno más vinculado a lo actitudinal, incluso infantil y mucho más decidido. En esa decisión, que no deja de tener su lógica, el resto de los personajes quedan algo relegados, por más que no dejen de tener conflictos propios. Por caso, el romance nunca concretado entre Abel (Gerald Fillmore) y Olivia (Aitziber Garmendia), que tiene una nueva vuelta de tuerca y que termina resuelto un poco a las apuradas. O la demanda que entabla Vanesa (Amaia Salamanca) por su despido, que queda un poco en suspenso. Ahí es donde queda la sensación de que faltaron un par de capítulos más para que la serie termine de resolver de forma más concreta las líneas narrativas que tenía abiertas. Pero también es cierto que parte de la apuesta de Muertos S.L. siempre tuvo que ver con explorar los distintos niveles de humor en un lugar inusual en un lapso de tiempo determinado, sin necesariamente clausurar las historias que abre. Eso explica que parte de las fortalezas de esta última entrega hayan aparecido por el lado de los casos que llegan a Torregrosa, como el del hombre al que le cortaron parte de una pierna y no se termina de decidir, mientras discute constantemente con su esposa, si enterrarla o cremarla. O las nuevas ocurrencias de Chemi, en su afán por darle una “impronta” a la funeraria antes de entregarle el mando a Dámaso, que incluyen velatorios de vivos, la creación de una mascota para el negocio y hasta la contratación de un integrante de las llamadas “minorías raciales” para cumplir con la cuota de la diversidad. Con esto último y toda la discursividad relacionada con los prejuicios y modelos mentales, la serie se hace un picnic, pero donde va hilvanando una reflexión más decidida es en cómo a Dámaso siempre se le corre la línea del horizonte en todas sus ambiciones afectivas y profesionales, y en cómo esto dialoga con los rasgos de soledad y pérdida que marcan su existencia. Desde ahí es que el último episodio da un giro final que algunos señalaron como “agridulce”, pero que en verdad es entre amargo y ácido, un último gesto irónico para sentar posición sobre cómo la muerte le llega o afecta a las personas de las formas menos pensadas. Sin descollar, Muertos S.L. ratificó que está entre lo mejor que la comedia hispanoparlante entregó en los últimos años.
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