Título original: The Testament of Ann Lee // Origen: Reino Unido / EE.UU. // Dirección: Mona Fastvold // Guión: Brady Corbet, Mona Fastvold // Intérpretes: Amanda Seyfried, Lewis Pullman, Thomasin McKenzie, Christopher Abbott, Matthew Beard, Viola Prettejohn, David Cale, Stacy Martin, Scott Handy, Jeremy Wheeler, Tim Blake Nelson, Daniel Blumberg, Willem van der Vegt, Millie-Rose Crossley, Esmee Hewett, Scott Alexander Young, George Taylor // Fotografía: William Rexer // Montaje: Sofía Subercaseaux // Música: Daniel Blumberg // Duración: 137 minutos // Año: 2025
6 puntos
EL MUSICAL DE LA REVELACIÓN
Por Guillermo Colantonio
Recuerdo que una vez, en alguna actividad vinculada con la escritura de guion, uno de los que participábamos esbozó una idea para una película en estos términos: la humanidad se entera de que Jesús fue una mujer. Entonces, la posible película se pensaba con una trama a partir de ese conflicto. En aquellos años esta premisa implica ir demasiado lejos. Nunca más he vuelto a ver a ese compañero ni supe de su proyecto. Lo imagino, eso sí, sonriendo ante El testamento de Ann Lee, el curioso drama musical de Mona Fastvold, que gira alrededor de una mujer en la Inglaterra del siglo XVIII (Amanda Seyfred), acaso una materialización femenina del mesías que se rebela contra poderosas estructuras ortodoxas y patriarcales.
Lo primero que intenta llamar la atención es la adopción de una intención biográfica dentro de los parámetros de un cine de calidad. La corrección estética, de corte académico, resulta la cáscara perfecta para no ofender conciencias dada la naturaleza del tema. En esta dirección, la narración avanza aceleradamente desde la niñez hasta la adultez de la protagonista, porque lo que importa verdaderamente es saber cómo llegó a constituir sus creencias. Desde un principio escuchamos una voz en off -con la imperiosa necesidad de explicar antes que de narrar- que organiza el relato y subraya ciertos aspectos, un recurso que ya es vicio en el cine actual. De este modo nos enteramos de que Ann Lee pasa ser líder de una comunidad de creyentes, conocida como los Shakers, quienes mantenían rituales en los que adoraban a Dios bailando y sacudiendo sus cuerpos frenéticamente en sintonía mística. Cuando Ann Lee declara haber hablado con Jesús, se convierte en líder y todos la llaman madre. A partir de ese momento, la trama se organiza en la clásica aventura de la heroína que debe sortear adversidades de todo tipo. En esta línea argumental hay una reivindicación de la figura femenina y un gesto, si se quiere, feminista, pero siempre sin alterar un modelo de relato clásico, centrado en un conflicto central.
Lo que se pretende como llamativo y original es el recurso del musical. Y hay que decir que no está forzosamente incluido ni representa un signo de arbitrariedad porque se complementa con el carácter frenético de cada sacudida de los personajes en trance mientras desarrollan sus prácticas y sus plegarias, acto que escandaliza al resto de la sociedad. Esta voluntad por detenerse en la condición de espectáculo y convertir la fe y la santidad en una cuestión de baile, es el aspecto más interesante y arriesgado. Es el punto clave para introducir un dejo de ambigüedad que enriquece la propuesta: ¿estamos ante devotos o ante poseídos por el demonio?
Ann Lee viaja de Inglaterra a EE.UU. en 1774 para continuar su tarea de evangelizar. Lo hace con un pequeño grupo acompañante y allí las cosas se complican. En todo este tramo, la ambición y la hipérbole terminan tragándose a la historia y sus personajes. Que Brady Corbet -director de El brutalista– sea guionista de esta película permite entender los exabruptos y la grandilocuencia del caso. A esto hay que sumarle que el punto de vista nunca se permite la interrogación acerca de lo que vemos ni hacia su protagonista. Tampoco indaga demasiado sobre un aspecto clave del contexto, a saber, el momento crítico donde modernidad y utopía comunitaria entran en colisión, Finalmente, lo que prevalece es el desborde, la exageración, a contrapelo de las mejores películas que han abordado temáticas similares, acunadas en el despojo de efectismos. En ese sentido, El testamento de Ann Lee parece debatirse entre dos pulsiones que nunca terminan de reconciliarse: la voluntad de construir una figura mesiánica femenina capaz de desafiar el orden patriarcal y el deseo de convertir esa historia en un espectáculo de intensidad permanente. Allí donde el film podría haber explorado el misterio de la fe, sus zonas de delirio, sugestión o fanatismo, opta por subrayar y amplificar cada momento hasta volverlo solemne. El resultado es una película que, pese a su tema provocador, termina resultando más enfática que inquietante, más grandilocuente que perturbadora.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

