Título original: Louise Violet // Origen: Francia // Dirección: Éric Besnard // Guión: Éric Besnard // Intérpretes: Alexandra Lamy, Grégory Gadebois, Jérôme Kircher, Jérémy Lopez, Grégoire Tachnakian, Annie Mercier, Julie Moulier, Géraldine Martineau, Pauline Serieys, Pierre Fernandès, Christophe Rossignon, Joseph Besnard // Fotografía: Laurent Dailland // Montaje: Lydia Decobert // Música: Christophe Julien // Duración: 108 minutos // Año: 2024 //
6 puntos
MANUAL DE BUENAS INTENCIONES
Por Guillermo Colantonio
Hay películas que se pretenden desafiantes por la supuesta ferocidad de los temas, pero que son absolutamente complacientes con las expectativas de un cine que alguna vez los franceses de la Nueva Ola condenaron como “de calidad”. Su carácter inofensivo ofrece un menú cuyos ingredientes principales son una estética cuidada y respetable, un ideal de belleza dentro de los códigos aceptados por el consenso y un desarrollo narrativo lineal. Lo clásico y lo académico se dan la mano y todos contentos. Madame Violet es un exponente de manual al respecto. Cumple y pretende dignificar el desempeño de una mujer en un momento histórico preciso: el Siglo XIX en Francia, en el contexto en que se promulga la Ley Jules Ferry a favor de la educación primaria, gratuita, laica y obligatoria (1881-1882).
En este marco, la protagonista llega desde París para intentar enseñar en un pueblo arraigado a la tradición del trabajo y sin intención de que los niños asistan a clases. Es el inicio y todo está por hacerse. La forma en que la maestra sortea los diversos obstáculos para convencer a los habitantes de la importancia del proyecto y de la oportunidad que tienen para modificar sus vidas contrasta con el conservadurismo del lugar. Sólo el alcalde y su madre parecen abrir una puerta al cambio, pero nada resulta fácil. En términos visuales y genéricos, más allá de la destacada fotografía -siempre presente en esta clase de películas-, hay una conexión con el imaginario del western, un punto a favor de la propuesta que, en este sentido, se despega un tanto del didactismo histórico. En varios pasajes, los contraluces recuerdan a alguna escena fordiana, del mismo que el enfrentamiento de la mujer contra los intereses mezquinos de algunos pueblerinos remiten al clásico tópico del forastero que llega a un lugar y le hacen sentir su condición de extranjero.
Pero hay un secreto, una segunda historia, que constituye el mayor obstáculo y tiene que ver con el pasado de Violet. Su participación en la Comuna de París en 1871 y su posterior encarcelamiento serán factores decisivos para que se active la estigmatización hacia su persona y se resienta el trabajo logrado. Ese quiebre marca tensiones fuertes y es determinante para el último acto del relato. Sin embargo, es clara la resonancia en el presente -para nada inocente-, teniendo en cuenta la brutalidad y la saña actuales en contra de las ideas de izquierda. Aquí asoma la faceta discursiva de la película, dispuesta a mostrar de qué modo la educación puede ser una herramienta para cambiar el destino de una sociedad, mejorar sus instituciones y construir un mundo mejor, algo que los franceses no necesariamente aprendieron. Los argentinos, menos. Nobleza obliga.
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