PASADO, PRESENTE Y FUTURO
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Uno se tienta en pensar que vive un presente donde pasa de todo en todo lugar, pero 1944 y 1945 fueron años realmente agitados. No solo porque la Segunda Guerra Mundial entraba en su etapa final y culminaría primero con la caída de los nazis y después con la bomba atómica. También porque varias cinematografías se aproximaban a un punto de quiebre, uno que dialogaría con el presente territorial, pero que también miraría el pasado inmediato, e incluso uno más alejado en el tiempo, donde se habían afincado ciertas tradiciones. Y que propondría, e incluso anticiparía, un futuro donde habría nuevos órdenes, pero también un particular componente de caos creativo.
Ahí aparecería entonces un tal Roberto Rossellini, marcando el camino algo inconscientemente, pero también con una voluntad por contar lo que estaba pasando como sea, incluso sin saber del todo qué se estaba contando exactamente. Roma, ciudad abierta se trataba un poco eso: construir, un poco a tientas, pero con hambre artística, una narración de una guerra que estaba a punto de terminar, pero que todavía seguía siendo una fuente de violencia constante. Una violencia que iba por distintos canales y métodos, a los que el realizador retrataba casi con estilo documental, alejándose de los estudios y profundizando en lo urbano. Porque, al fin y al cabo, el personaje principal era esa ciudad en un momento de transición que no estaba del todo claro, como un escenario de una historia que había tenido un principio pero que no se sabía del todo qué fin iba a tener.
Por eso, por más que Rossellini presentara un relato sobre perseguidores y perseguidos, sobre oprimidos y opresores, sobre individuos cuyos destinos se adivinan trágicos, Roma, ciudad abierta es más que nada un retrato de la incertidumbre. Un referenciar al pasado horroroso a través de un presente igualmente horroroso, mientras se interroga a un futuro nebuloso. De ahí que la puesta en escena tiene aspectos que lucen perfectamente planificados y otros que son pura improvisación, como si la película estuviera buscando y revelando su historia, más que contarla. O construyéndola a través de las imágenes, que a medida que se encuentran con los ojos del espectador adquieren carácter icónico: no solo cada una en las que aparece Anna Magnani -que no solo nos entregó una de las muertes más impactantes de la historia, sino también un conjunto de miradas inolvidable-, sino también Aldo Fabrizi, alguien capaz de decirlo todo con un puñado de gestos, y principalmente con el cuerpo.
Con Roma, ciudad abierta nacía el neorrealismo italiano, pero también arrancaba una oleada de, valga la redundancia, nuevas olas cinematográficas, y con ellas, una nueva forma de entender el mundo y el cine a la vez. También un cine de posguerra que no dejaba de ser bélico, aunque expusiera sus causas y consecuencias a través de otras construcciones genéricas y estéticas que se fusionaban entre sí. Por algo el mismo Rossellini terminaría armando una trilogía de la guerra que arrancó con esta película y se completaría con Paisà (1946) y Alemania Año Cero (1948), que reflejarían que el conflicto no se había acabado, sino que había continuado por otros medios. Ya eso lo anticipaba con el último plano del film (que se puede ver, donde en el fondo se veía una ciudad devastada, con solo la cúpula del Vaticano intacta. El pasado catastrófico se reconfiguraba en un presente de ruinas y la reconstrucción todavía aguardaba, pero el cine ya había iniciado ese camino. El cine y Rossellini, que la vio antes que todos.
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