Título original: Materialists // Origen: EE.UU. / Finlandia // Dirección: Celine Song // Guión: Celine Song // Intérpretes: Dakota Johnson, Chris Evans, Pedro Pascal, Zoe Winters, Marin Ireland, Dasha Nekrasova, Emmy Wheeler, Louisa Jacobson, Eddie Cahill, Sawyer Spielberg // Fotografía: Shabier Kirchner // Montaje: Keith Fraase // Música: Daniel Pemberton // Duración: 116 minutos // Año: 2025 //
5 puntos
LA SERIEDAD COMO COARTADA: UN ATENTADO PARA LA COMEDIA ROMÁNTICA
Por Guillermo Colantonio
En el mundo de las transacciones comerciales, el amor también es parte del negocio. Aplicaciones, redes y otras plataformas consagradas a encontrar pareja confirman esa lógica. Así están las cosas, y ese parece ser el punto de partida de la última película de Celine Song, Amores materialistas: un paso en falso tras Vidas pasadas (2023). De la sutileza al trazo grueso, de la complejidad de los vínculos a una versión tosca de Sex and the city. El salto a la comedia romántica no le sienta bien a la directora, principalmente porque incurre en dos defectos imperdonables para el género: la falta de timing y el énfasis en el mensaje, impuesto desde el inicio por encima de la historia y los personajes.
Dakota Johnson interpreta a Lucy, una celestina contemporánea al servicio de una empresa que, a partir de perfiles y afinidades, organiza citas para sus clientes. Se muestra decidida, calculadora al analizar y procesar datos, y persuasiva al unir candidatos. Esto la posiciona como una de las empleadas más exitosas, pero semejante precisión no logra ocultar un nubarrón oscuro que la acompaña desde siempre. En una fiesta de casamiento se reencuentra con su ex novio John (Chris Evans) y, al mismo tiempo, conoce a Harry (Pedro Pascal), un multimillonario que intenta seducirla. Así se arma el triángulo amoroso y emerge el conflicto interno de Lucy: una especie de caballo alado tironeado entre dos mundos. Por un lado, la vida con un chico común, que vive en un departamento compartido y sueña con ser actor; por el otro, la obscenidad material junto a un hombre que -entre otras excentricidades- se ha sometido a una operación para ser más alto (un buen indicio de algo que hubiera funcionado mucho mejor desde el humor que desde la solemnidad). Lucy tiene sueños de princesa, pero la realidad le devuelve otro rostro: un espejo en el que no siempre se reconoce, sobre todo cuando un episodio puntual con una de sus clientas pone en jaque sus convicciones. Son esos momentos en los que el cinismo que usa hacia afuera empieza a carcomerla por dentro.
Allí se activa un tema que Song ya había abordado en su película anterior: la elección. Cuando los personajes deben decidir, la vida abandona el color de rosa, se desvanece la coraza materialista y hay que ver qué pasa, qué queda. El itinerario de Lucy, su manera de lidiar con las dudas, ocupa gran parte del relato, que se vuelve serio y abandona progresivamente la fachada genérica.
Los elementos tradicionales del género están presentes, al servicio de una superficie en la que se reconocen las marcas de la comedia romántica. El problema es que, en lugar de explotarlos en función de sus convenciones dramáticas, se evidencia un gesto deconstructivo forzado y fallido, tal vez condicionado por el imperativo crítico, por cierto desdén hacia lo que funciona en términos populares: una buena narración con personajes empáticos y creíbles, no piezas de un modelo con el mensaje inscripto en la frente (la obviedad del título, en este caso, es alarmante).
Song sigue siendo capaz de crear momentos de emoción genuina u ofrecer planos que revelan su talento como directora, pero la sensación general es que este cruce de Corea del Sur a Estados Unidos no le sienta bien. Y, sobre todo, si se insiste en otra sentencia obvia: que el amor no es solo materia de cuantificación. Amores materialistas parte de un presupuesto cuestionable: que para mirar más allá de la comedia romántica hay que ponerse serio, como si la complejidad de las relaciones humanas no pudiera advertirse en el propio terreno del género. Para algunos, ese presupuesto puede ser una virtud; para otros -entre quienes me incluyo- es una falta de confianza, una pretensión o un defecto.
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