Título original: Trois amies // Origen: Francia // Dirección: Emmanuel Mouret // Guión: Carmen Leroi, Emmanuel Mouret // Intérpretes: Camille Cottin, Sara Forestier, India Hair, Damien Bonnard, Grégoire Ludig, Victor Harzouian, Éric Caravaca, Louise Vallas, Hanaé Alves, Mathieu Metral, Philippe Chareyron, Laurent Roth, Laurent Crozet, Brice Fournier // Fotografía: Laurent Desmet // Montaje: Martial Salomon // Música: Benjamin Esdraffo // Duración: 117 minutos // Año: 2024 //
7 puntos
COREOGRAFÍA DEL DESEO: EL ARTE DE LA LIGEREZA
Por Guillermo Colantonio
Le debemos mucho a Francia en lo que respecta al amor por el cine. Tanto, que siempre resulta difícil decir algo nuevo cuando una película actual aborda las relaciones de pareja, los laberintos de la pasión y esas situaciones donde el deseo irrumpe con fuerza para desestabilizar los vínculos. Tres amigas (2024), de Emmanuel Mouret, se inscribe en esa tradición, pero lo hace con una ligereza sabia que permite incluso desplazar ciertas zonas afectivas marcadas por la fatalidad hacia el terreno de la comedia. Se advierte una respiración pausada, un ritmo que privilegia la amabilidad por sobre el impacto dramático. De ahí que el concepto mismo de amistad adquiera una mayor solidez, precisamente por estar despojado de idealizaciones y envuelto en un simpático pragmatismo.
La historia gira en torno a tres mujeres que viven en Lyon, hermosa ciudad a la que la cámara rinde tributo. Dos de ellas están en pareja; la tercera mantiene encuentros ocasionales con un “señor X” que resulta ser, en realidad, el esposo de una de sus amigas. Una muerte inesperada habilita una trama que se desarrolla con la lógica del enredo y encuentra su mejor forma en un movimiento casi coreográfico. Da la sensación de que bailamos con la mirada: acompañamos a las protagonistas sin sobresaltos ni golpes de efecto que perturben esa atmósfera de calma en medio de la tormenta. Hay que destacar que Mouret acompaña visualmente, con gran sensibilidad, aquellas escenas de mayor carga emocional. Resulta notable el modo en que filma los desplazamientos de los personajes durante una separación o en los momentos de soledad posterior. Sin embargo, su mirada nunca se aleja del cuadro otoñal que enmarca la historia: una de las claves estéticas de la película.
Si la amistad sobrevive a pesar de todo lo que podría ponerla en jaque, el amor, en cambio, se presenta como una experiencia fluida, nunca definitiva. Hay un hilo delgado que rodea a las parejas, siempre a punto de quebrarse por ese carácter indómito del deseo, que -como el agua- busca un hueco donde detenerse un tiempo, hasta evaporarse. El juego que propone Mouret nunca se formula desde la superioridad moral. Ese destino imprevisible permite que los personajes exhiban sus trajes más infantiles, producto de la vulnerabilidad de sentimientos que no terminan de definirse.
Que la mayoría de los personajes se dediquen a las artes o a la docencia no es un dato menor: abre una brecha entre la lucidez intelectual y los conflictos del corazón, una tensión presente también en cineastas como Ingmar Bergman o Woody Allen, referencias con las que el cine de Mouret puede dialogar. Para comprender la naturaleza problemática de los asuntos amorosos es necesario tomar distancia. Por eso, desde el prólogo, la palabra la toma un fantasma: solo desde otra dimensión, con otra noción del tiempo y del espacio, es posible acompañar sin prejuicios ni sentencias los comportamientos humanos. Ese recurso narrativo prolonga el punto de vista de la cámara, que se acerca a sus criaturas con delicadeza, como si pudiera acariciarlas, sobre todo en los momentos de mayor fragilidad o incertidumbre.
Si el cuidado narrativo y la sinceridad para hablar del amor parecen dos gestos en extinción, hay que aplaudir al menos a quien resiste.
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