Título original: Ídem // Origen: EE.UU. // Dirección: Kyle Newacheck // Guión: Tim Herlihy, Adam Sandler // Intérpretes: Adam Sandler, Julie Bowen, Christopher McDonald, Benny Safdie, Ben Stiller, Bad Bunny, Haley Joel Osment, Lavell Crawford, Jackie Sandler, Sadie Sandler, Sunny Sandler, Steve Buscemi, Margaret Qualley, Eminem, Jon Lovitz, Rob Schneider // Fotografía: Zak Mulligan // Edición: Tom Costain, Brian Robinson, J.J. Titone // Música: Rupert Gregson-Williams // Duración: 114 minutos // Año: 2025 // Plataforma: Netflix
5 puntos
SANDLER (Y HAPPY) YA ESTÁN MUY VIEJOS PARA ESTO
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Happy Gilmore es una película muy importante en la filmografía de Adam Sandler. Quizás la más importante. No solo fue uno de sus primeros éxitos como protagonista, sino que también sentó las bases de los aspectos más virtuosos de su cine: los protagonistas iracundos e inmaduros, que avanzan en la vida a los puñetazos; los choques entre la alta y baja cultura, que generan una puesta en crisis de esas categorías; la apuesta a lo anárquico en el humor; y la construcción comunitaria de la comicidad. Quizás por eso Sandler haya elegido realizar una secuela casi treinta años después, como una forma de volver a las fuentes, de recuperar un pasado creativo y vital, donde su juventud acompañaba la potencia de sus películas.
Pero Happy Gilmore 2 termina siendo no tanto una vuelta a esos años de juventud disparatada, sino la certificación de que Sandler, lo queramos o no, lo quiera él o no, está viejo, y su cine también. Y esa vejez afecta también su ritmo, para bien y para mal, algo que ya venía siendo notorio desde antes incluso de que empezara a trabajar para Netflix. Si uno ve sus últimas películas, incluso las más logradas -como la interesante Sandy Wexler o la estupenda La peor semana-, se percibe que su humor ha pasado a ser más pausado y trabajado a lo largo del tiempo, alejándose de los estallidos de comicidad. Por eso volver al mundo de Happy Gilmore representaba tanto una oportunidad como un riesgo: el volver a un mundo ya conocido, pero que también había quedado atrás, muy atrás. Quizás consciente de esto, Sandler encara esta secuela no tanto como Will Ferrell y Ben Stiller lo hicieron con la segunda entrega de El reportero y la de Zoolander 2, respectivamente -que profundizaron las experimentaciones de sus predecesoras sin por eso dejar de lado lo que ya había dado resultado-, sino como un ejercicio principalmente nostálgico, de vuelta a un lugar de confort para el espectador, al estilo Arma mortal 4.
Los resultados de esta decisión estética son bastante discretos, en gran medida porque esa nostalgia sobre la que se construye la película también deja en claro que este Sandler ya cerca de la edad jubilatoria está lejos de ese cómico explosivo de los noventa. Convengamos que el arranque es bastante interesante, a partir de cómo el relato plantea su conflicto central de forma directa y hasta un poco brutal: Happy tenía un matrimonio feliz con Virginia (Julie Bowen), pero ella muere en un insólito accidente golfístico que es culpa, obviamente, del protagonista, que luego ingresa en una espiral autodestructiva que lo vuelve a dejar en la pobreza. Sus únicos sostenes son sus cuatro hijos varones (que son tan salvajes como él) y su única hija, Vienna (Sunny Sandler), que es un fiel reflejo de su madre. Cuando a Vienna le surja la oportunidad de ir a una costosa escuela de ballet en París, Happy, para reunir el dinero necesario, deberá volver al golf, lo que lo enfrentará también con un millonario (Benny Safdie) que quiere reemplazar al deporte por una versión más fantasiosa, pero también tramposa.
Si esos primeros minutos son bastante interesantes y hay unos cuantos chistes bastante logrados -por ejemplo, un carrito de golf que se convierte en un arma casi mortal-, a medida que progresa la historia, Happy Gilmore 2 va perdiendo inventiva y, principalmente, potencia. Un resumen de esto puede verse en una secuencia en un cementerio donde Happy se enfrenta a los puñetazos con Shooter McGavin (Christopher McDonald), su antiguo enemigo: hace un par de décadas, esa pelea habría durado como mínimo cinco minutos, pero ahora no pasa de un minuto, porque indudablemente los involucrados ya no tienen la misma energía. A Happy ni siquiera le hace falta decir “estoy demasiado viejo para esto”, porque la actitud cansina de Sandler en su interpretación lo deja bien claro. Y por más que hacia el final la película trata de construir una épica deportiva algo disparatada, la sensación que prevalece es que hay una vuelta a las fuentes que no es tal, sino un ejercicio melancólico algo incómodo y no del todo consciente.
Sí es cierto que el plano final de Happy Gilmore 2, donde vemos al protagonista caminando solo por la ruta, por más que nazca de un chiste, reproduce de forma bastante atinada la melancolía de una película que no necesariamente se propuso eso como objetivo. Incluso, las fallas en la comicidad del film dejan en evidencia que la vida de Happy es una gran tragedia: su recorrido está repleto de pérdidas en las que tiene bastante responsabilidad e instancias de completa autodestrucción. Ojalá que Sandler se conforme con esta secuela y deje a su criatura en paz.
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