Título original: Locked // Origen: EE.UU, – Canadá // Dirección: David Yarovesky // Guión: Michael Arlen Ross, basado en el guión de Mariano Cohn y Gastón Duprat // Intérpretes: Bill Skarsgård, Anthony Hopkins, Ashley Cartwright, Michael Eklund, Navid Charkhi, Ricardo Pequenino, Gaston Morrison, Reese Alexander, Emma Kombe, Jodi Pongratz // Fotografía: Michael Dallatorre // Montaje: Andrew Buckland, Peter Gvozdas // Música: Tim Williams // Duración: 95 minutos // Año: 2025 //
5 puntos
UN ENTRETENIMIENTO OLVIDABLE
Por Guillermo Colantonio
Se ha insistido en marcar que la película de David Yarovesky es una remake americana de 4 x 4, dirigida en 2019 por Mariano Cohn. Como es de suponer, las comparaciones estuvieron a la orden del día, sin embargo, los intentos resultan infructuosos porque, a diferencia de Nueve reinas, por ejemplo, y su versión estadounidense, donde sí era absurda la traslación en más de un sentido, en este caso la fuente original no contiene particularidad alguna que no pueda absorberse desde otra geografía sin inconvenientes. Allí donde Fabián Bielinsky ensamblaba a la perfección una idiosincrasia porteña con un dispositivo narrativo seductor, Cohn se estancaba en una premisa que sólo quedaba como gancho. El resto era una historia que podría contarse en cualquier latitud, propia de un tipo de entretenimiento global, efectivo y olvidable en unas semanas. Encerrado (2025) corre por las mismas vías. Concebida en un contexto de triunfo republicano, apuesta por un discurso tosco, una especie de relato salvaje que termina preso de sus contradicciones.
El comienzo no tarda en armar obligadamente la condición deplorable de barrios olvidados a base de una estética publicitaria. Todo apesta: la gente tirada, la falta de contención, el oportunismo, la inseguridad. Como si de un mapa uniforme se tratara, la intención es más bien acartonada, con el sólo propósito de introducir un microclima apocalíptico con total ausencia del Estado. Por allí se mueve el protagonista (Bill Skarsgard), padre de una niña a la que apenas ve, con su ex mujer que le reprocha su conducta y tratando de recuperar una camioneta que dejó para arreglar y no tiene cómo pagar. Ante esa imposibilidad tratará de abrir autos y robar lo que esté a mano. Después de algunos intentos infructuosos, encuentra un lujoso móvil en medio de un estacionamiento precario. Logra entrar y desde el momento en que lo hace el auto se blinda por completo. Comienza entonces un largo duelo con una voz (Anthony Hopkins) que, desde el tablero electrónico, se presenta y comienza a torturarlo física y psicológicamente. Una vez prendido al anzuelo la situación crecerá en intensidad, con niveles importantes de crueldad y consecuencias magnificadas por la exageración.
Como suele ocurrir con aquellas películas que son más propensas al mensaje que a defender un punto de partida basado en la acción, la premisa se debilita a base de repetición de actos. Entre los monólogos solemnes del personaje de Hopkins y el sufrimiento recibido a modo de castigo divino por el joven que interpreta Skarsgard, la estrategia se agota rápidamente, carece de sutileza y encima se carga un tufillo moralizante y contradictorio. Por ende, el resultado encuentra un débil pilar en la adrenalina de ciertos pasajes, bastante difusos con relación a la verborragia que profiere resentimiento, culpa a los pobres e invita a naturalizarlo, o lo que es peor, a justificarlo.
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