Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
La novela El día del Chacal, de Frederick Forsyth, supo ser un emblema de cómo partir de hechos reales (dos atentados fallidos contra el Presidente de Francia Charles De Gaulle durante la década del sesenta) para construir una trama ficticia propia, que se alimentaba del clima conspirativo y paranoico que sería una marca registrada de los setenta. De hecho, su adaptación cinematográfica, dirigida en 1973 por Fred Zinnemann, es un ejemplo de esto: un thriller con gran pulso, que le daba una gran entidad al villano, pero sin por eso descuidar al héroe que lo perseguía, con ambos identificándose a partir de sus profesionalismos. En cambio, la remake de 1997 dirigida por Michael Caton-Jones -uno de esos directores que nunca hizo nada realmente bueno- era un desastre, con un Bruce Willis desperdiciado en su papel de malo, Richard Gere totalmente ridículo con su impostado acento irlandés y Sidney Poitier limitándose a hacer de Sidney Poitier. Esta adaptación televisiva creada por Ronan Bennett, a pesar de algunos guiños puntuales al film de Zinnemann, procura ser una actualización acorde a la sensibilidad de estos tiempos donde el drama y la culpa a veces tienen demasiado espacio, lo cual le termina jugando en contra en varios pasajes. El punto de partida es similar, aunque con algunos cambios entendibles de acuerdo al contexto: tenemos un asesino a sueldo muy profesional y sofisticado, maestro del disfraz, al cual llaman El Chacal (Eddie Redmayne), que es perseguido de forma obsesiva e implacable por Bianca (Lashana Lynch) una agente del MI6 que trata de impedir que cometa un homicidio que tendría enormes repercusiones globales. El objetivo ya no se trata de un político, sino de un empresario tecnológico que se apresta a presentar ante el mundo un dispositivo de esos que otros grandes magnates no quiere que salga a la luz, porque en cierta forma cambiaría el tablero de juego económico. A partir de ahí se da una caza por distintas partes del mundo, con la agente tratando de obtener pistas sobre el pasado y los planes de un criminal que muestra tener experiencia y recursos a lo largo del camino. Esa parte, la del thriller de huida, persecución y planificación, que es la que cualquier espectador busca en este tipo de relatos, es claramente lo mejor de la serie, por más que sus idas y vueltas se extiendan en demasía, producto de la necesidad de cumplir con la pauta de diez capítulos. El problema es la necesidad de El día del Chacal de humanizar, por decirlo de algún modo, a sus protagonistas: tanto al Chacal, que tiene una pareja (Úrsula Corberó) que, luego de años de no saber nada, comienza a enterarse de las actividades de su esposo; como de Bianca, que descuida y hasta pone en peligro a su familia en pos de lograr su meta. A eso hay que agregar los problemas que se le generan al Chacal con un trabajo previo que no le pagan y las internas burocráticas que debe afrontar Bianca, que colocan a ambos en posiciones complicadas. Todas esas subtramas sentimentales y laborales son escollos que empantanan la narración, desviándola del conflicto principal, a tal punto que es muy potente la sensación de que todo se podía resolver en seis o siete episodios, en vez de diez. Para colmo, la intensidad gestual que manejan tanto Redmayne como Lynch en sus papeles no ayuda a generar empatía o algún otro tipo de conexión con los acontecimientos. Hacia su tramo final, El día del Chacal adquiere el vigor requerido y hasta consigue que nos interese lo que les pasa a sus personajes, consiguiendo un equilibrio entre sus miserias, obsesiones y capacidades. Claro que el cierre, que busca sorprender -y en parte lo logra- y a la vez dejar todo abierto para una segunda temporada, es de mínima algo arbitrario. Aún así, la serie tiene el crédito abierto, pero más que nada por su premisa, por esa fascinación que siempre ejerce el estar acompañando a un villano e identificarse un poco con sus deseos.
-La primera temporada de El día del Chacal está disponible en Disney+. Ya está confirmada una segunda entrega.
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