Título original: Verbrannte Erde
Origen: Alemania
Dirección: Thomas Arslan
Guión: Thomas Arslan
Intérpretes: Mišel Matičević, Marie Leuenberger, Alexander Fehling, Tim Seyfi, Marie-Lou Sellem
Fotografía: Reinhold Vorschneider
Montaje: Reinaldo Pinto Almeida
Música: Ola Fløttum
Duración: 101 minutos
Año: 2024
6 puntos
LA FRIALDAD ANTE TODO
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
En el contexto de la cartelera argentina, donde, desde hace muchos años, todo es cada vez más monopólico y monotemático, y hay géneros y estéticas que casi no tienen presencia, el estreno de una película como Sin códigos es una rareza. No porque sea alemana o un policial (o ambas), sino porque las atmósferas que maneja se alejan por completo del espectador medio o de ese que busca un cine de prestigio. En el film de Thomas Arslan, que es en realidad una secuela -aunque se puede entender sin necesidad de ver su predecesora- no hay vocación espectacular ni mensajística. En cambio, lo que se ofrece es una típica historia de profesionales del crimen, de esos que no tienen nada por fuera de su trabajo ilegal y solo los define lo que hacen.
El relato se centra en Trojan (Mišel Matičević), quien, años después de huir de Berlín, regresa a la ciudad y es contratado para robar un valioso cuadro de un museo. Del golpe también participan Luca (Tim Seyfi), un antiguo colega; un experto en sistemas; y una conductora automovilística llamada Diana (Marie Leuenberger). Lo cierto es que el robo sale bien, de acuerdo a lo planeado, pero los problemas surgirán al momento del pago, porque el hombre que encargó el trabajo los traicionará y querrá quedarse con el cuadro sin pagar un centavo. Eso complicará todo y Trojan quedará en el centro de una peligrosa trama que involucrará a una abogada bastante corrupta y a un matón sin ninguna clase de escrúpulos. Y, nuevamente, deberá luchar por su supervivencia.
En Sin códigos todo es meticuloso y pausado: desde las conversaciones previas al robo hasta su ejecución, pasando incluso por las persecuciones y tiroteos. Del mismo modo, la frialdad es el factor dominante, con personajes casi inexpresivos y solitarios a más no poder: ahí tenemos, por caso, una conversación entre Trojan y Diana donde ella le pregunta dónde vive y él contesta que se la pasa mudándose de hotel en hotel, sin echar raíces en ningún lado. La única excepción parece ser Luca, cuya esposa reniega de sus acciones como delincuente y a quien se le intuye un destino trágico precisamente por esta compañía. Y si bien se insinúa una tensión romántica entre Trojan y Diana, en verdad ese vínculo es más una alianza circunstancial marcada por el respeto mutuo y el saberse parecidos en sus perspectivas sobre el trabajo y sus implicancias personales.
Lo impenetrable del protagonista y el mundo en el que se mueve es la base y el limitante de Sin códigos. Por un lado, le permite ir al grano, no desviarse prácticamente nunca de su cuento policial y mantener la atención del espectador desde lo procedimental, incluso dándole un lugar expresivo relevante a una Berlín nocturna y hostil. Por otro, todo es tan clínico en la puesta en escena que le impide construir un relato realmente cautivante, en el que se nota además un par de cabos sueltos y decisiones arbitrarias. Aunque quizás el interés de Arslan no está en la fascinación estética o narrativa, ni siquiera en crear atmósferas de tensión, sino en retratar algunos gestos éticos y en dejar en claro que personajes como Trojan -tal como lo indica el plano final- siempre están condenados a la huida.
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