Título original: Late Night with the Devil
Origen: Australia / Emiratos Arabes / EE.UU.
Dirección: Cameron Cairnes, Colin Cairnes
Guión: Cameron Cairnes, Colin Cairnes
Intérpretes: David Dastmalchian, Laura Gordon, Ian Bliss, Fayssal Bazzi, Ingrid Torelli, Rhys Auteri, Georgina Haig, Josh Quong Tart, Steve Mouzakis, Paula Arundell, Tamala Shelton, Christopher Kirby, John Leary
Fotografía: Matthew Temple
Montaje: Cameron Cairnes, Colin Cairnes
Música: Glenn Richards
Duración: 93 minutos
Año: 2023
6 puntos
TERROR CON ESTILO
Por Franco Denápole
De noche con el Diablo llegó a estrenarse en Mar del Plata por la vía del boca a boca, es decir, no como un tanque preparado y producido con la mayor masividad posible en mente, sino como una pequeña película que fue creciendo. Con un muy bajo presupuesto (en algunos sitios se habla sólo de $150.000 en efectos especiales), y un estreno en sólo 1034 salas, recaudó $2.834.867 en su primera semana y lleva un total de $12.490.477 a nivel global. Esta fórmula suele prometer cine de calidad, o al menos algún gesto de originalidad. Lo cierto es que la película de Cameron y Colin Cairnes responde a esta expectativa al ofrecer la historia de un presentador de late night show que, con el propósito de salvar su programa del olvido, decide entrevistar a una parapsicóloga y a su paciente, una niña que fue criada en una secta satánica y al parecer alberga un ser siniestro en su interior.
La excepcionalidad de la película respecto a la mayoría de las producciones de terror que se estrenan en cines se sostiene, principalmente, en sus marcadas decisiones de estilo. Al orientarse en los ‘70 y utilizar el recurso del found footage (metraje encontrado), se permite mantener una fidelidad casi absoluta en relación a las marcas visuales de la televisión de esa época, partiendo de la elección de la relación de aspecto de 4:3 pero también a partir de los colores de los sets, decisiones de fotografía y de sonido, estilos de actuación y los infames title cards o separadores entre segmentos del programa que le costaron extensas polémicas vinculadas al uso de la inteligencia artificial.
La ambientación (en conjunto con el uso de ciertos efectos prácticos) es sin duda simpática, y además coherente con uno de los propósitos del largometraje que es la sátira de la industria de la televisión. En el centro de esa sátira se encuentra nuestro protagonista, Jack Delroy, el cual debe lidiar con la consecuencia de sus decisiones y con lo que ha sacrificado para intentar alcanzar la cima de las mediciones de rating. La película construye esta segunda trama sutilmente, sugiriendo cierta oscuridad en el personaje de Jack, sembrando poco a poco, a medida transcurre el programa, algunos indicios de lo que realmente está en juego para el personaje. En este sentido, la apuesta desde el ritmo es, si no radical, al menos arriesgada. Al estar sometida a la estructura de un late night de los ‘70, con algunas filmaciones documentales entre cortes, la narración progresa lentamente, tarda en establecer el plot principal. Por lo tanto, exige al público el esfuerzo de la espera: varios minutos en los que la película apuesta al detalle en la representación del formato del programa de televisión a costo de cierta economía del relato a la que los espectadores estamos acostumbrados.
El payoff para todo este trabajo no deja de ser sensato, al menos cuando uno lo piensa en retrospectiva. En Tesis sobre el cuento, Piglia decía que “el cuento clásico (Poe, Quiroga) narra en primer plano la historia 1 y construye en secreto la historia 2. El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie”. Esto es lo que sabe hacer De noche con el Diablo, dado que, al revelarse la verdad de la historia 2, ésta completa la 1 y la enriquece.
Aún así, a pesar de las numerosas virtudes que podemos conceder a la película de los Cairnes, ésta no termina nunca de despegar del todo. Aunque sea coherente desde una perspectiva racional, el desenlace no satisface emocionalmente. Es una cuestión de clímax pobre: la historia propone al espectador un misterio que debe resolverse y promete un remate explosivo, en el que se liberen, no sólo los secretos ocultos, sino también toda la potencia destructiva de esa fuerza sobrenatural que acecha desde el comienzo. El momento en el que la narración se resuelve resulta anticlimático, fallido en lo que aporta visualmente. La sensación final es la de una película que, sin pasar desapercibida ni dejar de aportar cosas al espectador, no termina de ser todo lo que podría haber sido.
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