Título original: Winnie-the-Pooh: Blood and Honey 2
Origen: Reino Unido / EE.UU.
Dirección: Rhys Frake-Waterfield
Guión: Rhys Frake-Waterfield, Matt Leslie
Intérpretes: Scott Chambers, Tallulah Evans, Ryan Oliva, Lewis Santer, Marcus Massey, Peter DeSouza-Feighoney, Simon Callow, Alec Newman, Thea Evans, Nicola Wright
Fotografía: Vince Knight
Montaje: Dan Allen, Rhys Frake-Waterfield
Música: Andrew Scott Bell
Duración: 93 minutos
Año: 2024
5 puntos
MAL, PERO NO TAN MAL
Por Marcos Ojea
Winnie Pooh: Miel y sangre, de 2023, que costó 50 mil dólares y recaudó más de un millón y medio, fue un pequeño suceso. Una película que apenas pasaba de la premisa, sin vocación por el entretenimiento, ejecutada sin el menor atisbo de creatividad, y hasta se diría sin ganas. Una película fea, horrible, asquerosa en el peor sentido, de esas experiencias que se instalan en el estómago como algo pesado y viscoso. Para este redactor, se convirtió en la vara para medir casi cualquier estreno de terror. Fueron varias las ocasiones en que fue esgrimida la siguiente justificación: es mala, sí, pero no es tan mala como la de Winnie Pooh. De cualquier modo, el éxito fue suficiente para dar marcha a un universo de películas interconectadas, el TCU (Twisted Childhood Universe), cuya segunda entrega es la secuela directa de Miel y Sangre, que aquí nos convoca.
Con Rhys Frake-Waterfield repitiendo en la silla de director, el film se ubica un año después de los eventos de la primera parte. La masacre del bosque de los Cien Acres persigue a Christopher Robin; no solo es el trauma por el horror vivido, sino el escarnio de una sociedad que lo señala como el verdadero culpable. Son pocos los que compran su versión: sus padres, su hermana pequeña, y una amiga que no termina de definirse como novia, pero es algo así. Mientras Christopher intenta llevar una vida adelante, trabajando en el hospital de Ashdown, Winnie Pooh y sus secuaces (Piglet y Búho) malviven en el bosque, marginados y perseguidos. Como señala la voz en off del principio, que nos pone en contexto, los caminos de Christopher y Pooh están espejados, y como tal, destinados a cruzarse. Para que ese encuentro suceda, claro, se erigirá entre los dos una pila inevitable de cadáveres.
Si bien no podríamos decir que Winnie Pooh: Miel y Sangre 2 es una buena película, lo cierto es que es mucho mejor que su predecesora. En principio, es capaz de mantener el interés del espectador, en base a una serie de aciertos. El primero es el de fundar una mitología para sus criaturas, que se aleja aún más del material original (los libros infantiles de A.A. Milne y E.H Shepard), pero que funciona para vincular las figuras de Christopher y de Pooh. Una estructura clásica del slasher, con un protagonista y un antagonista que se construyen como el reverso del otro. Bueno, al menos esa es la intención, que ya es decir, sobre todo si consideramos que en la primera parte no parecía haber ninguna. Es como si Frake-Waterfield hubiese dicho “ahora sí voy a hacer una película”, y el resultado se acerca bastante. Hay, digámoslo, una búsqueda.
Otro de los puntos a favor es el cambio de actor principal. Quien interpreta ahora a Christopher Robin es Scott Chambers, que luce como una versión más económica de Barry Keoghan. Sin ser un gran intérprete, tiene una cara lo suficientemente traumada como para darle espesor a su personaje, evitando que lo descartemos como carne de cañón ante los eventuales asesinatos. Su drama es algo telenovelesco y un poco enroscado, pero cumple su función. Del otro lado también hay un salto de calidad: lo que antes eran tipos con máscaras, sin el menor esfuerzo por parecer humanos mutados, ahora siguen siendo tipos con máscaras, pero mejores. Con texturas, con miradas expresivas, con movimientos semejantes a los de un animal. El diseño del Búho, trasunto plumífero del espantapájaros de Jeepers Creepers, es uno de los puntos fuertes, lo mismo que ese Tiger sanguinario con una cola digital que no deja de moverse. Se ve mal, pero se agradece que esté.
Llegado a este punto, toca hablar de las muertes, el plato principal de cualquier slasher que se precie de serlo. Dejando de lado cierto CGI perezoso que a veces aparece, muchas de las secuencias se resuelven de manera artesanal, y bastante imaginativa. No son nada nuevo, pero emprenden un recorrido in crescendo de gritos y tripas que se desborda (para bien) en una fiesta en el pueblo. Cuando Pooh le arranca la cabeza a una de las asistentes con una trampa caza osos, y acto seguido, batea esa misma cabeza como si fuera una piñata, decimos “ahora sí hay diversión”. Falopa, gore, de mal gusto, pero diversión al fin. A Pooh ya no le cuelga la baba ni se hace presente para interrumpir diálogos dignos de una porno, como ocurría en la primera película, sino que es un villano con un trasfondo, ojos inyectados en sangre, que se abalanza sobre el protagonista con una motosierra prendida fuego. No tiene ningún sentido, pero en esa ausencia encuentra su propio camino y, tal vez, algún mérito.
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