Título original: Idem
Origen: Argentina
Dirección: Eduardo Spagnuolo
Guión: Eduardo Spagnuolo
Participan: Fabián Arévalo, Nilda Oyola, Eduardo Spagnuolo, Hugo Castro Fau, Ricardo De Angelis, Hayrabet Alacahan
Fotografía: Mathieu Orcel, Sebastián de la Colina
Montaje: Mariana Duran
Música: Gustavo Romagnoli
Duración: 70 minutos
Año: 2024
5 puntos
DOS HOMBRES Y UN DESTINO
Por Marcos Ojea
Dirigida y protagonizada (en parte) por Eduardo Spagnuolo, Cinensangre aborda la pasión y los obstáculos de quienes hacen cine, contraponiendo dos figuras: la suya propia, y la de Fabián Arévalo, un cineasta amateur radicado en el pequeño pueblo de Zonda, en San Juan. La de Arévalo es la historia en verdad interesante: fotógrafo retirado del Ejército, es convocado para filmar una obra de teatro, de carácter institucional, sobre Martina Chapanay, con el propósito de proyectarla en actos y eventos. En la estatura mítica de Martina, heroína popular que luchó junto a Facundo Quiroga, el ex fotógrafo ve la posibilidad de una película. Sin presupuesto ni apoyo estatal, arma un equipo de vecinos y comienza a rodar del modo más artesanal posible. No está ligado a ninguna escuela, corriente o linaje cinematográfico pomposo; lo suyo es el homenaje a la Historia, a su tierra, en la forma de un western gauchesco. Cuando habla del tono de una escena, dice que le gustaría que se sienta como Rambo.
Por alguna razón que desconocemos, la gesta de Arévalo está narrada desde el escritorio de Spagnuolo, un director con trayectoria que se enfrenta a los contratiempos de una nueva película. Cuestiones ligadas a la financiación, a los sindicatos, a las decisiones que toman los productores, en fin, a toda la burocracia que rodea la realización de un film profesional. Una apuesta formal extraña, en la que el director mira los videos grabados en Zonda, donde entrevista a Arévalo y a sus colaboradores, al tiempo que va dejando caer comentarios un tanto paternalistas. Como si las condiciones de producción y el ingenio del sanjuanino a la hora de filmar le produjeran ternura, lo mismo que quién mira a un niño jugando a ser grande.
Cuando la cámara decide observar y las intervenciones de Spagnuolo quedan de lado, el documental se vuelve entrañable y auténtico. Vemos a ese grupo de vecinos preparando los efectos especiales de una escena de combate, o utilizando (y escondiendo) una lata de picadillo para representar una curación con ribetes místicos, y podemos vislumbrar la metáfora del título. La imagen gastada, pero válida, de llevar el cine en la sangre. A pesar de que Spagnuolo satiriza, desde su propia figura, el rol del cineasta pretencioso, y deja en evidencia los vericuetos a veces absurdos de la industria, los segmentos que protagoniza se sienten forzados, hasta incluso sobreactuados. Tal vez, no hacía falta confrontar ambas realidades para mostrar la libertad (y la falta de) a la hora de filmar una película. Con asistir al rodaje de Arévalo y sus amigos, cámara en mano y boca cerrada, alcanzaba.
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