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El viento que arrasa

Título original: Idem
Origen: Argentina / Uruguay
Dirección: Paula Hernández
Guión: Paula Hernández, Leonel D’Agostino
Intérpretes: Alfredo Castro, Sergi López, Almudena González, Joaquín Acebo
Fotografía: Iván Gierasinchuk
Montaje: Rosario Suárez
Música: Luciano Supervielle
Duración: 94 minutos
Año: 2023


7 puntos


IMÁGENES ALUCINADAS CONTRA DISCURSO

Por Guillermo Colantonio

(@guillermocolant)

Hay dos tipos de estallidos en El viento que arrasa (adaptación de una novela de Selva Almada). Uno se corresponde con escenas alucinantes, en el sentido literal de la palabra. Son momentos de artificio absoluto, de explosión cinematográfica, más cercanos a la pesadilla de La masacre de Texas o Deliverance (por citar dos películas de terror emblemáticas) que al otro estallido, más ligado a los dramas desbocados de ciertas zonas añejas del cine argentino. El segundo se come al primero porque es el que siempre prevalece al final con algún eslabón forzado. Pero en todo caso, ambos gestos remiten a monstruos, estructuras familiares y/o patriarcales frente a las cuales una mujer se rebela o huye despavorida. Estarán quienes aplaudan y compren el mensaje, pero prefiero detenerme en la zona más estimulante y que no necesariamente es discursiva.

El calor, el delirio que provoca el calor, es la marca característica de un litoral imposible, mágico como incómodo. Es también el escenario para los actos hiperbólicos de prédica, exorcismos y cruzadas religiosas. La secuencia inicial es demencial como demente es la siempre (sobre) actuación de Alfredo Castro, en este caso como un pastor evangélico. El modo poseso en que oficia la ceremonia es filmado desde diversos ángulos por Paula Hernández mientras su hija y acompañante Leni espía una vez más la actuación. La vida de la joven está supeditada a acompañarlo por todas las iglesias de la Argentina. No obstante, hay un mundo íntimo que marca un resguardo de todo ese frenesí y que la joven intentará resguardar. Sobre esa distancia descansa gran parte de la película.

Un imprevisto con el auto los obligará a parar temporalmente en una precaria vivienda. Allí viven el Gringo y su hijo, quien ha nacido con una malformación facial. La vida rural y la religiosa se funden en un esquema asfixiante que afecta la vida de ambos jóvenes mientras los colores rojos inundan la pantalla. Como suele ocurrir en sus películas, Hernández trabaja bien la tensión al borde del estallido. Las aguas pueden calmarse momentáneamente, pero siempre hay un aire que anticipa esos estallidos descriptos al comienzo. En otra gran escena, bajo una lluvia torrencial, el pastor tiene un ataque místico al cruzarse con un rebaño de ovejas en el camino y ello provoca una vuelta inesperada. Es otro segmento alucinante que coloca a la película en una dimensión mucho más estimulante que los discursos.

Igualmente, y como ocurre en otras películas de la cineasta, las codas suelen ser lo más flojo.


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