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Estrella de fuego (1960)



OTRO ROSTRO DEL MITO

Por Rodrigo Seijas

(@fancinemamdq)

La figura de Elvis Presley, a lo largo de todo su recorrido como estrella musical, estuvo asociado a un desborde constante de las convenciones, a la creación de un personaje un tanto ficticio que terminó devorándose al ser humano real, hasta fusionarse por completo y convertirse en un símbolo de muchísimas, quizás demasiadas cosas. Elvis llegó a ser un significante vacío, un envase donde depositar toda clase de emociones y lecturas artísticas, culturales, políticas, sociales y un largo etcétera, que ahora es releído en Elvis, el biopic dirigido por Baz Luhrmann. A la vez, fue un notable inventor, alguien con una capacidad creativa casi irrepetible, que sin embargo no llegó a trasladar tan fuertemente al terreno cinematográfico.

Lo cierto es que Estrella de fuego, su sexta película, es una pequeña anomalía dentro de su variada filmografía (que abarca más de treinta films en menos de quince años), y no solo por ser un western con componentes claramente dramáticos y alejados por completo de lo musical. También porque explora -y explota- una vertiente no tan conocida en la personalidad de Elvis, aunque al mismo tiempo sea una evidencia más de cuán multifacético podía ser como artista y símbolo cultural. En buena medida esto pudo darse porque detrás de cámara estaba alguien como Don Siegel, un realizador que no solía tener inconvenientes en amoldarse a distintos géneros, pero también a subvertir expectativas a través de shocks que solían contar con la violencia como una herramienta relevante.

El relato, hay que decirlo, poseía unos cuantos elementos disruptivos, situándose en el oeste de Texas en los años posteriores a la Guerra Civil y centrándose en Pacer Burton (Presley), un mestizo hijo de un ranchero blanco (John McIntire) y una india Kiowa (Dolores Del Rio). Cuando se desata un cruento conflicto entre los colonos y los nativos, Pacer trata de mantenerse, junto a su familia, en un rol neutral y pacificador, pero los eventos lo irán empujando a una posición cada vez más violenta. Si la noción del Rey del Rock and Roll interpretando a un mestizo en el Lejano Oeste podía hacer ruido desde varios puntos de vista, la puesta en escena de Siegel, tan relajada como sabia, no se preocupa por quién tiene a cargo del protagónico, sino por lo que puede darle a la historia. Y en ese propósito que se plantea, encuentra una versión contenida, casi granítica de Elvis: su Pacer es un hombre indudablemente conflictuado, pero que expresa sus dilemas más desde sus silencios y acciones concretas -muchas veces cargadas de una gran brutalidad, como cuando golpea salvajemente a unos hombres que pretenden acosar a su madre- que desde sus palabras.

Esa expresividad casi minimalista de Elvis como Pacer se retroalimenta con lo que brindan otros integrantes del reparto: si Del Río transmite una fragilidad inusual, rozando lo ingenuo; lo de McIntire es la gestualidad justa para encarnar a un hombre que lo atravesó todo -su despedida de Pacer es realmente conmovedora-; mientras que lo de Steve Forrest, como Clint, el medio hermano de Pacer, es de una fisicidad muy propia del western. Esas tonalidades interpretativas confluyen en una narración que, en cuanto termina de plantear su nudo conflictivo, deja bien patente su construcción inevitablemente trágica. De hecho, Pacer -y con él, los espectadores- va comprendiendo que su destino está atado a la violencia destructiva porque es alguien que no puede hallar un lugar de pertenencia cultural (encarna una otredad tanto para los indígenas como para los rancheros) y su único hogar, que es su familia, va siendo progresivamente destruido.

Con una gran economía de recursos, Siegel hilvanaba en Estrella de fuego un relato que, a medida que pasaban los minutos, se hacía cada vez más oscuro, sin perder la coherencia, que encima tenía un último plano -realmente desolador- que resumía las implicancias de sus conflictividades a la perfección. Y, a la vez, revelaba otra faceta más de Elvis: una casi granítica, incluso antipática, pero al mismo tiempo muy humana desde dilemas personales y morales prácticamente irresolubles.


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