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Datos, necesitamos datos

Por Rodrigo Seijas

(@rodma28)

Todos sabemos que el sector audiovisual argentino está en una situación precaria. Pero en verdad, ¿lo sabemos con total seguridad? ¿Tenemos evidencia que nos describa el panorama real con la mayor profundidad posible? La verdad que no, porque esa evidencia solo se puede cimentar a partir de datos e indicadores concretos. Y lo cierto es que la última información estadística más sistemática y completa se remonta al 2019. Por ejemplo, la encuesta a productoras audiovisuales y el informe de igualdad de género en la industria audiovisual que se pueden ver en el Observatorio Audiovisual corresponden a ese año. No hay nada sobre el 2020. Lo mismo sucede con la ejecución presupuestaria: el último informe es del segundo cuatrimestre del 2019, por lo que no sabemos cómo se ejecutó el presupuesto del Instituto desde el tercer cuatrimestre de ese año en adelante. Con algunas salvedades, ocurre algo parecido cuando indagamos en el comportamiento de los espectadores y, por ende, de las recaudaciones: lo último que hay de media de continuidad (es decir, la cantidad mínima de espectadores que presencian exhibiciones de películas nacionales a las que se les haya asignado el beneficio de cuota de pantalla) es del tercer trimestre del 2019. Es más, el último anuario estadístico del INCAA disponible para ser descargado es del 2018. Sí tenemos los informes semanales de entradas vendidas, las series históricas -que comparan la evolución anual de entradas y población total del país- y el boletín semanal de la Subgerencia de Fiscalización. Pero no hay mucho más: no sabemos a ciencia cierta, por ejemplo, cuál fue el impacto de las películas que llegaron al público a través del programa Jueves Estreno. Tampoco tenemos en claro cuál es la situación de las productoras, los trabajadores del cine, las organizaciones de los festivales nacionales y un largo etcétera. Y lo cierto es que las estadísticas de años previos al 2019, las que están completas, tienen un sesgo indudablemente cuantitativo, donde lo cualitativo queda muy relegado. Sabemos cuántos espectadores ven cine argentino, pero no qué espectadores. ¿Tenemos idea de, por caso, a qué estratos socioeconómicos pertenecen? ¿O cuáles son sus niveles educativos? ¿O cómo forman sus gustos y eligen los films que ven? Lo mismo aplica a otros ámbitos del cine, como las características de la producción, el perfil de los graduados de las escuelas o las vías por las que operan los críticos. Podemos hacer suposiciones en base a experiencias particulares o consensos grupales, pero sin estadísticas concretas que las respalden. O sea, no conocemos el territorio sobre el cual nos movemos. Y eso se ha potenciado en el último año y medio, ya que el impacto de la pandemia y las restricciones no se ha medido ni se mide como corresponde. Necesitamos indicadores, pero no solo indicadores de cantidad, sino también de calidad. Datos que sean transparentes, claros, precisos y consensuados entre la comunidad audiovisual. Sin datos, ¿cómo se puede gestionar o gobernar? ¿con qué criterios se pueden implementar acciones y políticas? Quizás las autoridades del INCAA no deberían olvidar que la ausencia de datos es también un indicador. Un indicador ideológico, político y moral. Y no precisamente uno positivo.

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