Título original: Concrete Cowboy
Origen: EE.UU.
Dirección: Ricky Staub
Guión: Ricky Staub, Dan Walser
Intérpretes: Idris Elba, Caleb McLaughlin, Jharrel Jerome, Lorraine Toussaint, Byron Bowers, Method Man, Swen Temmel, Jennifer Butler, Kristoffe Brodeur, Samantha Steffen, Charles W Harris III, Sonya Giddings, Terez Land
Fotografía: Minka Farthing-Kohl
Montaje: Luke Ciarrocchi
Música: Kevin Matley
Duración: 111 minutos
Año: 2020
6 puntos
EL MUNDO PERDIDO
Por Mex Faliero
En el comienzo de Cowboys de Filadelfia hay un pibe problemático, al que la madre no puede contener del todo (o al menos eso parece) y por eso, dice ella, lo manda a pasar el verano con su padre. También tenemos a ese padre, un tipo que labura cuidando caballos en un establo y que no parece la persona más confiable para hacerse cargo de un adolescente conflictuado. La película de Ricky Staub es un drama bastante convencional acerca de cómo un padre y un hijo distantes pueden llegar a encontrarse y recuperar un lazo que estaba roto. No hay nada novedoso en ello, aunque hay un elemento para nada gratuito que la película utiliza no solo como red dramática, sino además como elemento que transmite una ética y una convicción clásica para narrar: el trabajo del padre, la comunidad a la que pertenece, un acercamiento a las tradiciones en peligro de extinción. Lo que tenemos aquí es básicamente un western encorsetado en un melodrama urbano.
Harp (un Idris Elba sólido y convincente en un personaje que le queda a medida) forma parte de un grupo de personas que se dedican al cuidado y la cría de caballos. Es, también, representante de una forma de vida que está amenazada por una idea de progreso: los establos donde realizan su tarea, ubicados en medio de la ciudad, son espacios que entorpecen el desarrollo de emprendimientos urbanísticos y se enfrentan a las autoridades y a los vecinos. Esos vaqueros son casi la última resistencia de un modo de vida acorralado que reconoce lazos con el pasado, y Staub los registra en sus rituales, en sus charlas, en sus momentos de trabajo donde realizan una tarea ancestral. Cowboys de Filadelfia logra traficar por ese medio sus emociones simples, una nobleza absoluta, sin trampas, con lo que construye ese acercamiento entre padre e hijo.
Si hay algo que la película saber hacer es edificar vínculos sin caer en diálogos subrayados. Alcanza con la actitud de los personajes, que con dos trazos definen su mirada sobre el mundo. Tal vez la relación del hijo con un caballo bastante salvaje sea la metáfora más obvia de la película, pero no deja de ser coherente con el universo que retrata: Staub sabe cómo trabajar los clichés sin exceder los límites y le incorpora el brío necesario cuando el relato lo necesita, como esa carrera de caballos donde la cámara se energiza al ritmo de las emociones que atraviesan los personajes: en esos pasajes reside la esencia de western que la película traduce inteligentemente. Cowboys de Filadelfia apuesta por no excederse en los sentimientos, pero eso no la convierte en una película fría o distante. Es una experiencia honesta como pocas, una reflexión amarga y melancólica sobre un mundo en extinción que, para Harp, será la recuperación de otro mundo nuevo que está por venir.

