Título original: Ídem
Origen: EE.UU.
Dirección: Matthew Michael Carnahan
Guión: Matthew Michael Carnahan
Intérpretes: Waleed Elgadi, Hayat Kamille, Thaer Al-Shayei, Suhail Dabbach, Adam Bessa, Mohimen Mahbuba, Is´haq Elias, Ben Affan, Qutaiba Abdelhaq, Ahmad Ghanem, Anouar H. Smaine, Youssef Tounzi
Fotografía: Mauro Fiore
Montaje: Alex Rodríguez
Música: Henry Jackman
Duración: 86 minutos
Año: 2019
6 puntos
ERA MEJOR SIN TANTAS EXPLICACIONES
Por Rodrigo Seijas
Medio Oriente y el terrorismo han sido, son y seguirán siendo temas incómodos para la cultura occidental en general y Hollywood en particular. Las dificultades pasan por varios ángulos: niveles de responsabilidad, prejuicios culturales, distanciamiento para entender lo ajeno, entre otras cuestiones. Matthew Michael Carnahan es de esas voces que desde hace un rato largo viene animándosele al tópico: inicialmente como guionista de la interesante, aunque despareja El reino y de la fallida Leones por corderos; y ahora debutando en la dirección con Mosul, film producido por Joe y Anthony Russo que se iba a estrenar originalmente en cines, aunque terminó lanzándose a través de Netflix.
El planteo -y también búsqueda- de la película tiene unas cuantas aristas de interés, a partir de cómo toma elementos reales y los adapta a una historia propia: durante los años en que ISIS ocupó la ciudad iraquí de Mosul (entre el 2014 y el 2017), el único grupo organizado que se les opuso fue una unidad SWAT compuesta por hombres locales que habían sido heridos o tenían familiares muertos por la organización terrorista. El relato arranca a mitad de la acción, en el medio de un tiroteo donde Kawa (Adam Bessa), un joven oficial de la policía, apenas si sobrevive, en parte por mérito propio, pero también porque justo a tiempo lo salvan miembros de la unidad antes mencionada, liderados por el experimentado Jasem (Suhail Dabbach), quien lo termina reclutando. A partir de ahí, se inicia una especie de recorrido enmarcado en una ciudad devastada, pero también por el idioma árabe, con una misteriosa misión como hilo conductor.
El gran activo de Mosul está dado, indudablemente, por la autenticidad que transmite en unos cuantos pasajes, a partir de cómo pinta un paisaje urbano destruido y hostil, donde la violencia es el lenguaje principal. Eso se potencia a partir de la puesta en primer plano de rostros que nos resultan atractivos justamente por el desconocimiento que tenemos de ellos, que va desde lo cultural e idiomático hasta lo político y afectivo. La cámara de Carnahan se pega a ellos, a sus cuerpos pero también a sus códigos de tipos duros y atados a una ética donde prevalecen el deber y el profesionalismo. Cuando el realizador apuesta a ese cine bélico casi puro, donde los hilos conductores son la fisicidad, el movimiento o la tensa espera, la película gana tanto en volumen como en dinamismo.
Claro que Carnahan se siente en la obligación de sentar posición y en un punto homenajear a esos hombres que, casi sin apoyo, han puesto sus vidas en riesgos en un contexto horripilante. Y su forma de hacerlo es introducir algunos pasajes que funcionan como bajadas de línea sobre el horror de la guerra -hay un tramo alrededor de unos niños huérfanos que roza el golpe bajo-, pero también explicar a los protagonistas más allá de sus acciones del presente. El giro que se presenta en los minutos finales -que hace recordar un poco al cierre de El reino-, donde los objetivos y motivos detrás de la misión son develados, es cuando menos arbitrario y hasta contraproducente. De hecho, en vez de complejizar a los personajes, los simplifica y conduce a lugares cómodos para el espectador. Mosul es una película que gana (y mucho) cuando muestra sin necesariamente exponer desde la palabra, dejando en evidencia la locura y la pérdida constante de un país arrasado por la locura bélica. Sin embargo, no llega a ser totalmente consciente de eso y peca por declamatoria.

