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El caso Watts: el padre homicida

Título original: American murder: the family next door
Origen: EE.UU.
Dirección: Jenny Popplewell
Testimonios: Chris Watts, Ronnie Watts, Cindy Watts, Celeste Watts, Shannan Watts, Bella Watts, Sandi Rzucek, Frankie Rzucek, Frank Rzucek, Nichol Kessinger, Mark Jamieson, Nickole Atkinson
Producción: Emma Comans, Hayley Ford, James R.M. Hunt, James Marsh, Jonathan Stadlen
Montaje: Simon Barker
Música: Nainita Desai 
Duración: 82 minutos
Año: 2020


7 puntos


LA NORMALIDAD COMO BIEN MATERIAL

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Si hay algo para reconocerle al cine norteamericano -o por lo menos a algunas de sus vertientes- es su capacidad para cuestionar buena parte de los imaginarios a los que supo (y sabe) contribuir. Una vía cada vez más abundante, a partir del espacio que ofrece Netflix, es el documental, mayormente desde el formato serie, aunque también haya largometrajes más que interesantes. Por ejemplo, El caso Watts: el padre homicida, que no se puede dejar de remarcar que es una horrible traducción para el título original (American murder: the family next door), que incluso desperdicia ciertas atmósferas enigmáticas de la primera mitad.

El film de Jenny Popplewell detalla las circunstancias que se dieron alrededor de la desaparición de Shannan Watts y sus dos hijas en Colorado, en el 2018. Lo que arranca como un caso un tanto particular -ninguna señal de violencia en la casa, escasez de pistas, ausencia de motivos potenciales, un esposo, Chris, algo inexpresivo, pero también aparentemente desconcertado-, a medida que avanza la investigación, va revelando aristas cada vez más inquietantes, que empiezan a ser observadas con atención en todo el mundo. Lo interesante de la película es cómo deja de lado la utilización de la voz en off o las entrevistas en favor de un trabajo de montaje que incorpora informes de noticieros, mensajes, imágenes y videos personales, filmaciones de interrogatorios y testimonios judiciales. Desde ahí es que configura una narración que tiene mucho de registro periodístico y crónica policial, lo que la aleja de un tono potencialmente sentencioso.

A medida que pasan los minutos, emerge un factor en la película que, desde su aparente banalidad, no deja de horrorizar: la insatisfacción creciente en esa familia que parecía reproducir todos los parámetros de la normalidad de los suburbios. El film, con remarcaciones sutiles y a la vez potentes, establece contrastes palpables entre, por ejemplo, las fotos repletas de rostros sonrientes durante unas vacaciones y los mensajes que Shannan intercambiaba con una amiga, donde se quejaba por la ausencia de sexo justamente durante ese período de descanso. Eso se retroalimenta con los secretos que van saliendo a la luz sobre Chris, un tipo que luce como tranquilo e introvertido, pero que no deja de dedicarse a hacer ejercitaciones para agrandar su físico, en un acto de permanente descarga de adentro hacia afuera. Y que también está insatisfecho, pero no por la falta de sexo -o más bien cariño, que es lo que realmente reclama su esposa más allá de lo sexual- sino porque solo quiere huir de esa familia tan perfecta en la superficie como insostenible en la intimidad.

Cuando las piezas se acomodan y todo termina por salir a la luz, El caso Watts: el padre homicida deja ver los estallidos en la personalidad de Chris pero también los cálculos, las falsas construcciones hacia afuera y hacia adentro. Y cómo la normalidad que se empeñaba en sostener no dejaba de ser una especie de bien material al cual en un momento solo supo descartar: la familia, el matrimonio, una vida convertidos de repente en algo muy parecido a un auto o una casa.

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