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Diamantes en bruto

Título original: Uncut Gems
Origen: EE.UU.
Dirección: Benny Safdie, Josh Safdie
Guión: Ronald Bronstein, Ben Safdie, Joshua Safdie
Intérpretes: Adam Sandler, Julia Fox, Kevin Garnett, Idina Menzel, Keith Stanfield, Eric Bogosian, Judd Hirsch, The Weeknd, Sean Ringgold, Sahar Bibiyan, Keith Williams Richards, Paloma Elsesser, Pom Klementieff
Fotografía: Darius Khondji
Montaje: Ronald Bronstein, Benny Safdie
Música: Daniel Lopatin
Duración: 135 minutos
Año: 2019


8 puntos


UNA BOMBA

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Adam Sandler construyó buena parte de su filmografía alrededor de la irascibilidad, hasta que la terminó trabajando como concepto en Locos de ira: una irascibilidad infantil de personajes que atravesaban el proceso de crecer sin poder encajar en la sociedad materialista. Esa violencia interna que habitaba en sus personajes borders de las primeras películas y que finalmente terminó encontrando condena en la espantosa Click, es la que vio un tipo como Paul Thomas Anderson y la llevó a otro nivel en Embriagado de amor. Barry Egan, el personaje de aquella película, era una superficie apacible que contenía múltiples ataques de ira en su interior; un personaje que era, además, una incógnita en prolijo traje azul. Esa idea que estallaba en humor incómodo en aquella memorable secuencia en la que destrozaba el baño de un restaurante a las piñas. Y para nada curiosamente los hermanos Safdie (Ben y Joshua) ven la misma característica para explotar a Sandler en Diamantes en bruto. Otra vez el actor convertido en una bomba (de alto alcance en este caso y a diferencia de la de Anderson que era implosiva), cuyas esquirlas terminan atravesando a la gran cantidad de personajes que le andan dando vueltas.

Sandler es Howard Ratner, un joyero neoyorquino que tiene uno de esos locales ocultos en un edificio a los que se ingresa atravesando varias medidas de seguridad. Y es, también, un personaje de esos que hacen girar el mundo, en una película sostenida en una fuerte carga conceptual que se convierte en un mundo en sí mismo. Esto tiene sus pros y sus contras: a favor decir que es una película que aún incorporan elementos que citan al cine norteamericano de los 70’s (especialmente el primer Scorsese), tiene una personalidad única; en contra, que es un universo que puede fascinar tanto como generar hastío y eso puede expulsar a muchos. Bueno, si pensamos en cómo el cine del presente sólo busca agradar, lo de los Safdie es sencillamente revolucionario. Howard es un tipo bastante despreciable, esposo infiel que tiene un vínculo bastante particular con su empleada/amante, y que vive al límite mientras se relaciona con un bajo-mundo criminal que le reclama dinero. La espiral en la que vive Howard es enfermiza: toma dinero para pagar una deuda, pero antes apuesta ese dinero para sacar más plata, que termina usando para pagar deudas que contrajo en un círculo que nunca se detiene. Hay en su accionar una conducta psicopática relacionada con la adicción a la adrenalina y al vértigo. Pero Diamantes en bruto, más allá de un indescifrable prólogo en el que se busca vincular este mundo de mafiosos, adictos, apostadores y cínicos con el tráfico de diamantes en Africa, es una película que no busca recargar en aspectos morales, ni tampoco justificaciones superficiales. Los personajes son lo que son y el propio Howard podrá explicarse a sí mismo aunque eso mismo no signifique la aceptación de sus actos. Es apenas una exposición adictiva y vertiginosa como la vida de Howard.

Los Safdie montan un espectáculo que es como el sistema nervioso de su protagonista: puede ser insoportable en un comienzo, pero progresivamente va absorbiendo al espectador hasta convertirlo en un testigo que disfruta de esa adrenalina. La música de Daniel Lopatin y el sonido contribuyen a generar esa atmósfera enrarecida y subyugante, el montaje vibrante apuesta por la elipsis o por el detalle obsesivo cuando corresponde, la fotografía replica lo sucio del interior de personajes rodeados del oropel más vulgar de este mundo de joyeros. Diamantes en bruto es una bomba, un artefacto a punto de estallar, imprevisible y sibilino, con espíritu reptil. Por otro lado, los Safdie reconstruyen una idea de cine espectacular de los tiempos en los que lo espectacular no era una superproducción de Marvel: aquí hay una serie de talentos y departamentos de arte contribuyendo a la elaboración de un proyecto sólidamente narrado y sumamente potente, con aire autoral pero con vapor popular. Claro que la cumbre de todo es Sandler, sin cuya presencia la película no sería lo mismo, o sería sencillamente otra cosa. Ese nervio que transmite corporalmente el actor y que aquí se vuelve indispensable para que sigamos fascinados el accionar inclasificable de su personaje. O para que lo odien los que quieran.

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