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24 líneas por segundo: El caso de Clint Eastwood

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Hace poco con el amigo y colega Javier Luzi bromeábamos acerca de si Clint Eastwood no se había confundido de partido político, y en verdad era un demócrata encubierto. Reflexionábamos así sobre cómo eso que uno supone que es “ser demócrata” o “ser republicano” se tuerce cuando uno mira sus películas. Pero esto, que era una broma entre dos fanáticos del director de Gran Torino, que nos asumiríamos como demócratas en el caso de tener que obligatoriamente ponernos a jugar en esa (otra) tonta grieta, se me vuelve algo irritante cuando me cruzo con gente que, sin mediar análisis y ante la recomendación de una película de Eastwood, me dice: “ah ese viejo conservador y republicano”. A veces, incluso, me tiran algunos insultos, como si además de confeso republicano el viejo Clint los hubiera atropellado con el auto y les hubiera torturado a la familia. Hay como un desprecio generalizado, que parte de una posición ideologizada sin mayor sustento que el del lugar común. Es, como sucede en la política contemporánea (y habría que revisar el grado de politización del ciudadano actual, el cual creo en verdad sobreestimado), la necesidad de construir un otro villanesco para colocarse a uno mismo en la vereda irremediablemente de los buenos. Es una mirada adolescente, por ser condescendientes… En verdad esta irritación se vuelve algo más cuando estos comentarios surgen no de gente que, intuyo, lo último que vio de Eastwood fue Harry el sucio, sino de gente que vio sus películas recientes. Que ver no es lo mismo que mirar (o era al revés), eso ya lo sabemos. Pero ciertamente cómo se puede tener una posición tan dura ante su cine, sin ver las rugosidades, las crisis, las contradicciones de una obra clave ya no para el cine contemporáneo sino para el humanismo: Un mundo perfecto, Crímenes verdaderos, Gran Torino, Invictus, Cartas desde Iwo Jima, J Edgar, La mula y tantas otras son obras que piensan a los otros, pero (y más importante), a uno mismo. La revisión que el director viene haciendo del cine, de su cine, de la historia, de su historia, llega a la cima con El caso de Richard Jewell. No apreciar eso es no ver, y no ver (carecer de esa curiosidad por pensar al otro y su lógica) es la forma principal que adquieren los convencidos de que su mundo es perfecto. Mientras tanto, Clint se asume republicano y sólo sabe filmar grandes y hermosas y humanas y complejas películas. Gracias, querido viejo.

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