Por Mex Faliero
La confirmación de Luis Puenzo y Nicolás Batlle en la presidencia y vicepresidencia de la nueva gestión del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) representa, a priori, una buena noticia. Puenzo es una figura que sintetiza dos conceptos que deberían estar siempre presentes en una designación como esta, la mirada del productor pero también la del artista (más allá de que hace rato que no filma nada). El cine es una industria, pero fundamentalmente un arte, y por lo tanto hay que estar tan atento a cómo se produce (algo que desvive a los diversos sectores relacionados con el cine, en síntesis: “la platita”), pero también a qué se produce (porque uno entiende que hay cosas en nuestro cine que no se sabe cómo pasan determinados filtros). En el caso de Batlle es un productor reconocido y de probada experiencia en el cine independiente argentino, sobre el que pesan buenas recomendaciones. Es una dupla que reúne, a simple vista, algunas virtudes que no tuvo ninguna gestión del INCAA en las últimas décadas. Habrá que ver cómo funciona una vez que se ponga en acción, pero también cómo accionan y actúan aquellos sectores de la producción audiovisual argentina. Por lo pronto, el acto reflejo ha sido un poco sobreactuado, con comunicados más propios de aquellos que tienen un sentido de pertenencia con determinada gestión que de quienes prefieren ver antes de opinar. Saludar anuncios o declaraciones mediáticas con exagerado beneplácito habla más de uno mismo que de los propios anuncios, de un apuro por ser parte -y dejarlo en claro- que de analizar la situación a partir de las acciones reales. Que Puenzo dejó algunas definiciones interesantes, claro que sí; que el camino no está ni empezado, también. Y el camino de la política está plagado de buenos augurios; sólo resta ser más cuidadoso con esos buenos augurios. Uno, que viene del periodismo, tiene aprehendido aquello de la duda ante el poder o de, al menos, tener el tino de acompañar aquello que está bien y cuestionar lo que está mal (siempre desde una subjetividad inevitable, obvio). Estaría bien que los sectores que agrupan a directores, productores o intérpretes no se apuren en los aplausos y aguarden, más por cuidarse a uno mismo que por lo que puedan o no hacer los funcionarios, para ver los hechos. Que después, por pura pertenencia, uno termina comprometido a aplaudir cualquier cosa y a quedar pegado con lo indeseable.
