Por Rodrigo Seijas
En un particular hito de auto-superación, Diego Battle lo hizo de nuevo: ya había filtrado la programación del Festival de Mar del Plata antes de que se hiciera oficial en el 2013 y lo hizo ayer, pero esta vez con el BAFICI, solo minutos antes de la conferencia de presentación de la nueva edición. Estas “hazañas” demuestran que esa necesidad enfermiza de tener la primicia, cueste lo que cueste, sin respetar reglas básicas de cortesía, no es un exabrupto, sino un patrón de conducta, que incluye muchas otras acciones que lo convierten en un pésimo crítico y colega. Podríamos describirlo con muchas palabras (hipócrita, desleal, perezoso, cobarde…), pero mejor quedarse con una sola: mediocre. Battle es un mediocre.
Hace poco volví a ver un capítulo de Lost donde Sawyer –que tenía un sombrío pasado como estafador- montaba un engaño para quedarse con todas las armas que tenía el grupo de protagonistas y, por lo tanto, tener la sartén por el mango. Claro que ese engaño que realizaba no dejaba de ser un gesto de auto-defensa para demostrar (y demostrarse) que era una mala persona y no alguien noble. La respuesta de los demás era lógica: desconcierto, enojo, incluso repudio. Lo de Battle y sus ya habituales inmoralidades podría ser algo parecido, pero en verdad termina siendo un ejemplo casi opuesto, porque de parte del entorno no hay repudio o enojo. Al contrario, Battle continúa siendo un privilegiado, alguien que se maneja con total impunidad, que hasta se da el lujo de bloquear a cualquiera que lo cuestione en sus redes sociales, no sea cosa de tener que dar explicaciones.
¿Es necesario a esta altura remarcar que filtrar la programación antes del correspondiente anuncio oficial está mal? ¿Se debe seguir explicando que constituye una falta de ética grave? ¿No es una regla básica (y explícita) que determinada información pública debe compartirse de manera ecuánime, igualando los tiempos y formas para todos los medios? Correspondería que la dirección del BAFICI tome medidas pertinentes, y cuando hablamos de pertinentes, nos referimos a quitarle la credencial a Battle e investigar quién filtró todo el listado de películas programadas al director de Otroscines.com.
Lamentablemente, creo (y espero equivocarme) que no se va a hacer lo que corresponde. Al fin y al cabo, Battle ya hizo esto antes sin que se le mueva un pelo. Lo puede hacer porque hay un ámbito amplio que avala su constante y persistente mediocridad. Gente que le da vía libre, que nunca lo cuestiona, que siempre mira para otro lado, que escribe en su sitio, que participa de los debates que organiza, que lo aplaude, que le brinda herramientas de poder. Pasan años, gobiernos, autoridades, pero la mediocridad de Battle es una constante y también la gente que permanece pegada a él. Ojo, porque cuando uno comparte tantos espacios con un mediocre, corre el riesgo de contagiarse.
Esa posibilidad de contagio cuenta también para eventos culturales como el BAFICI. Cuando se ampara la mediocridad, cuando se la naturaliza y se le da cobijo, se termina siendo mediocre. Y eso es una forma de ajuste, y una mucha más peligrosa que la económica: es más mucho más fácil recuperar financiamiento que pensamiento crítico.
En una de las escenas finales de Gánster americano, cuando el mafioso Frank Lucas está afrontando un proceso judicial por todos sus crímenes, el policía y abogado Richie Roberts le pide –a cambio de una posible reducción en su condena- que brinde información sobre los policías corruptos a los que sobornaba. Ante eso, Frank le pregunta “¿Qué, querés encarcelar también a los tuyos?”, a lo que Richie contesta “si hacen negocios con vos, no son de los míos”. Algo parecido pienso y siento respecto a Battle y los que se vinculan alegremente con él. Sin son tan pero tan mediocres, tan inmorales y faltos de ética, no los puedo considerar colegas. No son de los míos. Son cualquier cosa, menos críticos de cine.
