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Pinamar

Título original: Idem
Origen: Argentina
Dirección: Federico Godfrid
Guión: Lucía Möller
Intérpretes: Juan Grandinetti, Agustín Pardella, Violeta Palukas
Fotografía: Fernando Lockett
Montaje: Valeria Otheguy
Música: Daniel Godfrid, Sebastián Espósito
Duración: 84 minutos
Año: 2016


8 puntos


EL AMOR Y SUS TIEMPOS

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Hay películas que necesitan de un tiempo para encontrar la tonalidad adecuada, aunque ya desde un principio se puedan intuir fácilmente sus virtudes. Pinamar es uno de ellos. El segundo film de Federico Godfrid (codirector de La Tigra, Chaco) va claramente de menor a mayor, creciendo poco a poco, a partir del lineamiento de los conflictos.

Dos hermanos, Pablo y Miguel, retornan a Pinamar para tirar las cenizas de su madre y cerrar la venta del departamento familiar. Cada uno tiene personalidades casi opuestas y el foco principal estará puesto en Pablo, a quien desde el principio se le nota que tiene unos cuántos asuntos sin resolver, los cuales irán manifestándose a partir de la irrupción de Laura, una amiga de la infancia de Miguel, que le sacudirá todas las estanterías.

No deja de ser llamativo cómo a medida que Pablo va evidenciando sus inseguridades, la narración va tomando cada vez más seguridad, siempre con una sutileza que es también una muestra de sapiencia. Godfrid y la guionista Lucía Möller son conscientes de que ciertos dilemas, sentimientos y dolores necesitan para expresarse de esa materialidad indispensable que es el tiempo. Por eso es que Pinamar es una película paciente, que confía a su vez en la propia paciencia del espectador para conocer a los personajes y sus vínculos, el espacio que habitan (la ciudad balnearia es un gran condicionante de los acontecimientos) y los fantasmas que los acosan.

Y Pinamar es también un film de inusual ternura dentro del espectro del cine argentino, que quiere a sus protagonistas, que los entiende sin dejar de mostrarlos tal como son, lo cual puede parecer simple, pero es todo un desafío. La historia que se desarrolla ante nosotros nos muestra que el amor muchas veces es una cuestión de momentos, de tiempos, de elecciones particulares en instancias particulares. La película de Godfrid exhibe una cabal consciencia de esto, haciendo confluir lo sentimental con lo cinematográfico. El plano final, realmente dulce y conmovedor, es de una simpleza que sólo puede nacer de la sabiduría.


NdR: Esta crítica es una extensión de la ya publicada durante el Festival de Mar del Plata.

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