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El hobbit oscuro: Shyamalan y sus personajes rotos

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Dejando de lado el cierre de Fragmentado y cómo M. Night Shyamalan lo usa para potenciar su filmografía, es una nueva oportunidad para seguir apreciando cómo el cineasta construye personajes marcados irrevocablemente por el dolor y la pérdida. Los protagonistas de sus films son seres rotos, buscando reconstruirse –aunque sea parcialmente- no solo a partir de la aceptación y asimilación de lo que han perdido, sino también de lo que pueden ganar a partir de la interacción con aspectos del mundo que podrían parecerles ajenos pero que en verdad los componen.

Lo llamativo del realizador es que ha ido desarrollando progresivamente un diálogo permanente entre sus narraciones y las respectivas puestas en escena, particularmente en las composiciones a través de los planos, que denotan una asimilación sumamente distintiva de los tiempos y espacios. En el cine de Shyamalan siempre hay algo que parece salirse de la norma mainstream, que evidencia que estamos ante un director que mira a sus personajes y los universos que habitan con un punto de vista. Su cámara busca ubicarse siempre en un lugar inesperado, escondiéndose entre objetos, tomando el punto de vista de un personaje o sobre su hombre, contemplando desde arriba o abajo, incluso dejando fuera de campo lo que determinado personaje observa. Lo mismo puede decirse en lo que respecta a la variable temporal: siempre hay oportunidad para buscar ese segundo extra que refuerce lo dramático, lo insólito o lo maravilloso.

No se trata de un regodeo formal: es la manera que Shyamalan encuentra para describir lo que está roto, apartado, marginado, lo que busca recomponerse y reconstruirse, esos rompecabezas sentimentales que son las existencias de los personajes. Por eso la pausada construcción de la conversación final entre Cole (Haley Joel Osment) y su madre en Sexto sentido; el sostenido plano cenital para mostrar el primer acto heroico de David Dunn (Bruce Willis) frente a un asesino y violador serial en El protegido; la subjetiva del extraterrestre mientras recibe los batazos de Merrill Hess (Joaquin Phoenix), recuperando la fe en sí mismo, en Señales; el plano final de La aldea, donde se juega con la subjetiva de un personaje para trazar los diversos posicionamientos de cada uno de los protagonistas; la sucesión de planos insólitos y retorcidos para retratar a Cleveland Heep (Paul Giamatti) en La dama en el agua; el último encuadre sobre Aang (Noah Ringer), justo cuando por fin acepta su destino en El último maestro del aire; los planos al ras del piso para seguir las desventuras de Kitai (Jaden Smith) en Después de la Tierra; o el estilo entre documental y hogareño para abordar la mixtura de situaciones que trazan el argumento de Los huéspedes. Incluso en El fin de los tiempos –definitivamente su film más fallido- hay una poderosa voluntad por recurrir a potentes planos de conjunto o generales para retratar la naturaleza hostil que rodea a los protagonistas.

Por eso también en Fragmentado hay un trabajo depurado sobre los rostros, los cruces de miradas y los puntos de vista, para así configurar el encuentro entre los personajes de James McAvoy y Anya Taylor-Joy, cada uno portando su propia mochila de dolor. Los seres humanos nos definimos, en buena medida, por los tiempos y espacios que habitamos. De ahí que la cámara de Shyamalan, con sus virtudes y defectos, sea esencialmente humanista y que sus encuadres sean una forma de terapia, de aceptar el dolor y curarlo.

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