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Lego Batman: la película

Título original: The LEGO Batman Movie
Origen: EE.UU.
Dirección: Chris McKay
Guión: Seth Grahame-Smith, Chris McKenna, Erik Sommers, Jared Stern, John Whittington
Voces originales: Will Arnett, Michael Cera, Rosario Dawson, Ralph Fiennes, Siri, Zach Galifianakis, Jenny Slate, Jason Mantzoukas, Conan O’Brien, Doug Benson, Billy Dee Williams, Zoë Kravitz, Kate Micucci
Diseño de producción: Grant Freckelton
Montaje: David Burrows, John Venzon, Matt Villa
Música: Lorne Balfe
Duración: 104 minutos
Año: 2017


9 puntos


EL HEROISMO RECONVERTIDO

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

“Everyday people do everyday things
But I can’t be one of them
I know you hear me now
We are a different kind
We can do anything”

De la canción Heroes (we could be), que se escucha en un momento hilarante del film.

Cuando el universo cinematográfico de DC parece hundirse a poco de zarpar, a partir de la dubitativa Batman vs Superman: el origen de la justicia y la desastrosa Escuadrón suicida, más los problemas alrededor de las producciones de Mujer Maravilla, La Liga de la Justicia, The Flash y The Batman, la bocanada de aire fresco llega desde el lugar más inesperado. Es que Lego Batman: la película no sólo es un gran film animado, sino también un notable relato de superhéroes, que viene a aportar algo nuevo a un género en constante peligro de encasillarse.

Recién estamos ante el segundo film del universo Lego, luego de La gran aventura Lego, pero ya se puede intuir una diferencia capital respecto al mundo cinemático de DC: hay indudablemente una continuidad estética y hasta de estilo narrativo entre una entrega y otra, pero como no hay una necesidad ineludible de concebir una gran serie de relatos interrelacionados, eso permite que cada film se sostenga por sí mismo, desarrollando una trama propia y cerrada en sí misma. Eso ha sido un trampolín para que las películas de Lego exhiban una libertad llamativa en sus formas y resignificaciones genéricas. En el caso de Lego Batman: la película, el foco es el hombre murciélago, haciéndose cargo no sólo de que es el héroe más popular, sino también el más emblemático, el que estableció un imaginario con el que dialogan todos los demás. El abordaje se da desde la comedia, pero no como una mera excusa para acumular capas paródicas, sino para enriquecer al personaje, al mundo que habita y claro, al género.

El film de Chris McKay parte y avanza en base a preguntas, poniendo en crisis a un personaje como el de Batman, que cree tener todas las respuestas pero que de repente encuentra un límite a su rol cuando varias cosas empiezan a cambiar en Ciudad Gótica. Los interrogantes que se plantea no son fáciles, porque giran alrededor de lo que implica la soledad del héroe, las diversas construcciones vinculadas al heroísmo y las concepciones particulares que se pueden tener sobre la familia, la amistad y hasta la paternidad. Y la interpelación se realiza siempre desde los límites, examinando los grises, buscando los lazos que unen los supuestos opuestos. Lego Batman: la película es un film de interacciones y cruces, donde la acumulación de múltiples personajes va más allá del guiño arbitrario, porque cada uno tiene algo para decir, en función de ese centro que es Batman pero también de sí mismo.

La comedia animada disparatada y brillante, con decenas de ideas y referencias por minuto que es Lego Batman: la película es también, tan paradójica como lógicamente, un drama cuasi existencial, un film que demuestra la capacidad de lo cómico como vehículo para potenciar lo dramático. Hay una bella y luminosa melancolía en una historia que avanza a mil por hora pero que en pasajes muy precisos, en el medio de toda la velocidad, detiene su trama para incorporar más capas de reflexividad. Es que la acción está marcada por los sentimientos: tanto Batman como los personajes con los que se cruza tienen emociones específicas que los movilizan y hasta posicionamientos éticos, llevándolos a recorrer caminos tan estimulantes como coherentes.

No hay linealidad en Lego Batman: la película. Tampoco pose, por más que abunden las citas culturales de todo tipo. En su comicidad, el film pone en evidencia la arbitrariedad de mucho drama y discurso heroico que posee ambiciones políticas pero que en verdad no sale de lo banal, porque sólo se cimenta en conflictos superficiales. Y a partir de ahí, de la risa y la parodia, de lo absurdo, lo hilarante y hasta lo anárquico, encuentra el arco dramático necesario y fundamental, lo humano que subyace en lo heroico. En su apuesta por la diversión sin límites pero también por ciertas emociones profundas; en su alternancia entre lo individual y lo grupal, en su agrietamiento de las fronteras entre el bien y el mal o entre el amor y el odio, configura para sí misma una identidad propia, inconfundible. Y de paso nos entrega al mejor Batman, al superhéroe que entendemos en su infantil pedantería pero también en su fragilidad y necesidad de afecto. Al fin y el cabo, todos arrastramos pérdidas, inseguridades, errores, a los que tratamos de ocultar mediante nuestros egos. Ahí tenemos, por fin, al Caballero Oscuro definitivo, para oficiarnos de espejo y salvarnos de las malas películas de DC.

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