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El hobbit oscuro: el final de El Amante y la niñez perpetua

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Hace algunas semanas se conoció la noticia del cierre de El Amante, probablemente la revista de cine más importante de las últimas décadas en la Argentina. No dejó de ser algo previsible y singular, que se puede analizar desde una perspectiva personal, pero también como un síntoma del estado de la crítica de cine local e incluso del cine argentino en general.

Comencé a leer la revista en mi adolescencia, durante la segunda mitad de los noventa. Recuerdo que el primer número que llegó a mis manos me lo compró mi madre, tenía en la tapa a Darth Vader y contenía un dossier de La Guerra de las Galaxias (antes de vernos obligados a referirnos a la saga como Star Wars) a propósito del reestreno de la trilogía original. A partir de ahí, la compré religiosamente durante varios años, aprendiendo y discutiendo bastante con ella. De hecho, mi crecimiento cinéfilo fue en buena medida de la mano de la revista, a tal punto que luego realicé numerosos cursos con varios integrantes de la redacción, arrancando con Gustavo J. Castagna en TEA y luego siguiendo con Guillermo Ravaschino (quien luego tuvo su propio sitio web, Cineismo, del cual formé parte como redactor), Eduardo A. Russo (una enciclopedia viviente, que daba clases apasionantes en su domicilio), Eduardo Rojas (su curso sobre la trilogía de El Padrino fue sumamente enriquecedor) y Diego Brodersen. Tuve mis deseos por escribir en la revista pero nunca me atreví a enviar mis textos para ver si eso podía darse, supongo que por las típicas inseguridades juveniles que, a la distancia, son difíciles de explicar y justificar. Con el paso de los años, ya entrando en el nuevo milenio y con el recambio generacional que hubo especialmente a partir de la salida de Quintín, fui alejándome de la revista, comprando números solo de vez en cuando, o tomando prestados algunos a Mex Faliero, quien también supo tener su voluminosa colección. La digitalización fue el tiro de gracia y a partir de ahí, El Amante fue más que nada un rumor, ecos de discusiones, entradas y salidas, alguna que otra nota relevante. El Amante había dejado de tener un peso relevante en mi vida, pero creo que también en la de mucha gente.

En mi opinión, tanto voluntaria como involuntariamente, El Amante supo reflejar un poco el microclima de buena parte de la crítica de cine local y hasta del ambiente cinematográfico en general, porque hay muchos –quizás demasiados- entrecruzamientos entre la crítica, los realizadores y las autoridades institucionales. En los 90 la revista arrancó en un lugar marginal y fue donde más cómoda se sintió, cuestionando convenciones, discursos establecidos y políticas de Estado, a la vez que respaldando al naciente nuevo cine argentino. El problema comenzó a surgir cuando El Amante no solo cobró centralidad, sino que incluso logró colocar a varios de sus integrantes dentro de diversos lugares de poder, especialmente en festivales como el BAFICI. Y todo estalló durante el kirchnerismo: allí, como en todo el campo artístico, las discusiones supuestamente ideológicas y políticas en verdad encubrieron pugnas por porciones de poder y revanchas de tipo personal. Se invocaban cuestiones de tinte social y cultural, pero las motivaciones reales eran muy pero muy particulares. Los artistas, los cineastas, la crítica de cine, El Amante se discutieron a sí mismos, pero sin pensarse realmente dentro del tejido nacional, solo utilizándolo como excusa y sin poder salir del ombliguismo. Lo banal se quiso disfrazar de importante, pero no dejó de ser banal.

Y entonces llegó el macrismo, que parece estar terminando de poner las cosas en claro. La gestión de Alejandro Cacetta fue astuta y se hizo la pregunta adecuada: ¿para qué confrontar con el legado de las últimas gestiones del kirchnerismo, encabezadas por Liliana Mazzure y Lucrecia Cardoso? Entonces hizo la fácil: cuando ya había unos cuantos esperando y anticipando que se iban a acabar los festivales, los subsidios y que todo iba a girar alrededor de un puñado de películas provenientes de la televisión (sin preguntarse si eso no venía sucediendo desde hace rato), Cacetta mantuvo –aún con sus bemoles- la maquinaria andando. Los subsidios para las películas y festivales fueron reapareciendo, los programas de fomento se renovaron, se actualizaron metodologías y trámites, los lugares de privilegio siguieron vigentes, porque la respuesta era muy simple: todo se solucionaba con algo de plata y poder. La política de Estado real, verdaderamente profunda y territorial, que tenga en cuenta las múltiples particularidades y variables que pueden implicar un cine cabalmente nacional, vuelve a quedar postergada a favor de los gestos superficiales y las soluciones inmediatas mediante el dinero. La guita permanece, los que quedaron fuera del mapa fueron los discursos ideologizantes, porque ya no son necesarios y nunca fueron realmente relevantes.

Encima Cacetta contó con un aliado fundamental, que fue el propio sector cinematográfico, totalmente desmovilizado (física e intelectualmente) durante los últimos años del kirchnerismo. Es un sector del país supuestamente sensible e inteligente, pero que viene dejando en claro desde hace rato que le cuesta una enormidad dialogar con el resto de la sociedad y que encima piensa que es mucho más importante de lo que realmente es. Para colmo, últimamente viene pensando que la batalla cultural se da en las redes sociales, que su deber es vigilar el pensamiento del otro en Facebook y Twitter, que puede hacer la gran Mel Gibson en Corazón valiente con un par de posteos en su cuenta personal. De hecho, buena parte de la crítica ha trasladado la dinámica y el lenguaje de las redes sociales a sus propios textos: las críticas y reseñas han pasado a ser posteos un poco más extensos, sin el más mínimo rigor. La escasez de ideas es alarmante y si las películas prosiguen con el eterno dilema de cómo interpelar al público, la crítica solo parece dialogar consigo misma, sin preguntarle nada relevante al cine nacional.

Lo del cine argentino y la crítica local es una infancia eterna, insuperable. Se fueron Mamá Cristina y las tías Liliana y Lucrecia, que nos llevaban de viaje por todos los festivales del país, hospedándonos en hoteles cinco estrellas mientras nos hablaban de cómo íbamos a hacer la revolución. Llegaron Papá Macri y el tío Alejandro, y en vez de hacer todo lo contrario a Mami, se limitaron a seguir sus pasos, aunque claro, sin entretenernos con el discurso revolucionario. Queremos quejarnos, rebelarnos como los jóvenes románticos que deseamos ser, pero lo único que se nos ocurre es pedirles a Papi y al Tío más caramelos. Y encima, los muy malditos nos los dan, sólo pidiéndonos a cambio que nos portemos bien. ¿Qué hacemos nosotros? Nos portamos bien, porque al fin y al cabo, nunca supimos cómo portarnos mal. Sólo nos queda ansiar, rogar, creer en la vuelta de Mamucha, o empezar a acostumbrarse a la vida con Papucho, con quien de hecho no la pasamos tan mal. De ir a vivir solos, ni hablar: no sabemos ni hervir un huevo, no hay manera que podamos desarrollar una vida propia. Ni siquiera nos crecieron los pelitos de las piernas.

Por eso El Amante cierra, porque ya no hay nada para decir. Porque el cine argentino sigue obturado en un discurso inalterable, que mira hacia sí mismo o los circuitos festivaleros internacionales. Porque los críticos aprendimos demasiado bien a acompañar al cine argentino, a palmearle la espalda, y dejamos de criticarlo, cuestionarlo, pedirle más. Estamos demasiado conformes viajando por los festivales, formando parte de ellos, ocupando porciones de poder institucionales, viendo cuándo cobramos el siguiente subsidio.

Quizás El Amante vuelva, de otra forma y desde otro lugar. Pero solo podrá hacerlo –cabalmente, con una real incidencia- si hay antes una maduración, si crecemos de una vez y nos convertimos en adultos.

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