Por Rodrigo Seijas
ATENCIÓN: SPOILERS
No una, sino dos. No una muerte, sino dos muertes. Desde ese accionar, la apertura de la séptima temporada de The walking dead consiguió permanecer fiel a los hechos del cómic original (donde el asesinado por Negan era Glenn), sin dejar de innovar y tomar su propio camino a partir de la muerte de Abraham. Ambas muertes tienen una lógica implacable: los dos personajes habían recorrido los arcos narrativos correspondientes pero sus desapariciones no dejan de tener un enorme impacto, tanto dentro de la historia de la serie –las repercusiones en el resto de los personajes ya son tremendas- como para los espectadores.
Se podrá reprochar el momento preciso en que se muestra la matanza perpetrada por Negan: ¿era necesario prolongar la espera, buscar seguir generando suspenso durante casi quince minutos? Es cierto que el capítulo no pierde cohesión narrativa, pero frente a las dos opciones claras que se presentaban a priori –proceder a la revelación desde el minuto uno o prolongar la espera hasta los instantes finales-, la elección de hacerlo a mitad de camino no termina de sustentarse del todo. Lo que sí es irreprochable es el manejo de la puesta en escena con ambos asesinatos: no solo por la preparación climática antes del asesinato de Abraham, sino también por el impacto generado a partir del asesinato de Glenn. Además, la serie vuelve a mostrar que, cuando es necesario, puede apelar a un nivel de violencia inusitado, sin por eso caer en un regodeo sinsentido. Hay algo tan operístico como abismal en las muertes de Abraham, desafiante incluso al borde de la muerte –“chúpame las bolas” le dice a Negan, ya con la frente sangrante-, y de Glenn, leal y cariñoso hasta el último suspiro –“Maggie, te encontraré”-. Esa puesta en escena del horror está dada, obviamente, por Negan y sus acciones.
Negan es un enorme villano no solo por su brutalidad sin límites, su capacidad para escupir frases de antología a cada segundo –“Lucille está sedienta. ¡Es un bate vampiro!”- y su espectacular carisma (gracias en buena medida a un Jeffrey Dean Morgan brillante), sino por su plena conciencia de lo que es el poder. La clave de la conservación y expansión del poder pasa por lo gestual, por las demostraciones que son capaces de quedar en la memoria del que debe ser dominado. Si se tiene en cuenta esto –y Negan en cierta forma lo dice varias veces a lo largo del episodio-, las acciones de este líder, que en unas cuantas cosas se parece a Rick –a quien aplasta en el duelo de voluntades que establecen-, poseen una lógica de hierro, donde cada gesto tiene una razón de ser: frente a las muertes ocasionadas a su grupo, la respuesta es liquidar a batazos a un integrante del grupo de Rick a la vista de todos; cuando Daryl lo golpea, faltándole el respeto, se pone el ejemplo destrozando la cabeza de Glenn; y cuando Rick quiere sostener su mirada desafiante, incluso amenazándolo, procede a ir destrozando su voluntad, paso a paso, incluso obligándolo a cortarle el brazo a su hijo Carl. Por eso también el gesto de cierre de su «performance» es brillante: finalmente, Negan ya no necesita que Rick efectivamente le corte el brazo a Carl, porque ya está quebrado, su voluntad totalmente doblegada. La victoria de Negan es absoluta, irrevocable, al menos de momento.
Decimos de momento porque ahí ya está Maggie –sacando fuerzas de no se sabe dónde- afirmando que deben prepararse para luchar contra los Salvadores. Pero mientras tanto, Negan ha dejado bien en claro que todo es suyo: Rick y su hacha, todo el grupo de protagonistas (incluso los que murieron), Alexandria, todo lo que él quiera. “Esto es mío, ustedes son míos, vos sos mío”, dice Negan. Como él mismo dice, casi al final de The day will come when you won´t be, bienvenidos a un nuevo comienzo.

