Por Rodrigo Seijas
Hay que decirlo aunque sea una obviedad: Kill the boy es una nueva lección –ya hubo muchas- por parte de Game of thrones sobre cómo ejercer el poder en diversos niveles. Que sea una más no le quita fuerza y consistencia, porque el diseño de los personajes va acumulando espesor y complejidad en todas las decisiones que deben tomar. Nos quedaremos entonces con esos momentos de decisión, con el ejercicio del poder en su máxima expresión.
Daenerys, cargando con el sufrimiento por la muerte de Barristan, le pide consejo a Missandei y ésta le canta la posta: que deje de lado todos los consejos y tome sus propias decisiones, haciéndole caso a su instinto. Daenerys le hace caso y termina haciendo lo que nadie le había sugerido, decidiendo casarse con uno de los nobles y reabrir las arenas de combate, en un movimiento de pinzas que le permitirá unir a todo el pueblo bajo su comando. Una decisión perfectamente lógica, que estaba a la vista, aunque para verla era necesario analizar y detectar los grises y fisuras dentro de la situación. Para eso se necesita inteligencia y astucia, y una gran vocación de poder.
Jon Snow se va dando cuenta de que él y la Guardia Nocturna no van a ser suficientes para resistir los futuros embates del ejército de los muertos vivientes. La única chance es unirse con los salvajes, o sea con sus enemigos. La lógica de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” es muy difícil de aplicar, teniendo en cuenta que todos en la Guardia Nocturna odian –con razón- a los salvajes, y viceversa. Cuando Jon le va a pedir consejo a Maester Aemon y le dice “la mitad de los hombres me van a odiar por lo que pienso hacer”, el viejo le contesta “la mitad ya te odia, así que no hay mucha diferencia”, para luego continuar diciéndole “mata al niño, Jon Snow. El invierno ya está casi sobre nosotros. Mata al niño y deja que nazca el hombre”. Y sí, algunas decisiones implican hacerse cargo del lugar que uno ocupa, el rol que le toca y que se necesita crecer, aunque crecer muchas veces duela.
En Invernalia, el que demuestra saber cómo tocar los distintos resortes del poder es Roose Bolton, quien se da cuenta que su hijo Ramsay es efectivamente un perverso torturador tanto a nivel físico como psicológico, alguien al que le gusta ejercer su poder a través de la extorsión, la manipulación y los gestos más malignos posibles, lo cual a veces es útil pero otras no tanto. Sin embargo, en el fondo no deja de ser un muchacho deseoso de ser reconocido por su padre. Roose, a través de la insinuación de un rudo afecto, del reconocimiento de la identidad del que en algún momento era su hijo bastardo, vuelve a encontrarle utilidad para sus deseos. En el medio está la pobre Sansa Stark, quien también tiene una frase estupenda para describir su situación y el contexto que la rodea: “éste no es un lugar extraño, este es mi hogar. Es la gente la que es extraña”.
La subtrama final del capítulo, con Jorah y Tyrion atravesando la Vieja Valyria, viendo volar a lo lejos al dragón Drogon –una secuencia sumamente cautivante, casi espiritual-, para luego ser atacados por Hombres Piedra, lo que culmina con la revelación de que Jorah ha quedado afectado con la mortal enfermedad que poseen esas criaturas –lo que ayuda a consolidar su aura de personaje trágico-, no deja de estar bien conducida pero evidencia un problema narrativo en esta temporada: hay muchísimos personajes desperdigados por el universo de Westeros y las subtramas con frecuencia se pierden, o son recuperadas de manera cuando menos forzada. Aún así, Game of thrones conserva una energía llamativa y una enorme destreza en el arte de generar tensión e interés en el espectador, incluso cuando parece que no pasa nada.

