Por Cristian Ariel Mangini
Branco sai, preto fica (Blanco sale, negro adentro); la rara avis de Adirley Queirós fue la gran ganadora de una Competencia Latinoamérica que en sus piezas dio lugar a pasajes virtuosos, conmovedores y hasta se animó a subvertir estructuras sin perder calidad en el proceso. La particularidad es que un cine, el brasileño, que en varias de las ediciones del Festival Internacional de Cine fue omitido o cuyos representantes resultaban poco interesantes o demasiado convencionales, a menudo con una estética donde primaba lo televisivo, haya entregado dos películas que por su carácter hibrido resultan de una audacia y una vitalidad asombrosa, es una cuestión tan sorpresiva como saludable.
Por otro lado, también es cierto que la elogiable regularidad de apuestas como Gente de bien o Mr. Kaplan merecían al menos una mención. Si bien se diferencian en su concepción de cine, ambas llevan en su extensión cine y humanidad por partes iguales. Gente de bien apostaba por un drama clasista con notables actuaciones y una cuidada puesta en escena -algo que puede sonar un tanto vacío, pero que quienes vieron la ejecución del guión en la película saben de lo que estoy hablando-, tomando elementos cercanos al neorrealismo y sin perder en ningún momento la figura humana. En una de las secuencias más formidables, que ocurre en una piscina, el director permanece con la cámara al nivel del agua sin perder, entre paneos y un pulso tembloroso, lo que ocurre con Eric, transmitiendo el desasosiego y la crisis del personaje. Quizá el último plano en la veterinaria suene a estafa emocional, el espacio de catarsis que la película de alguna forma nos debía ante diálogos astutamente evasivos, pero su inteligencia para no reducir los personajes a caricaturas hace que en el balance esto nos resulte una falta menor.
Con Mr. Kaplan, de Alvaro Brechner, se encuentra como planteaba en la mini crítica, una confirmación del talento de este director uruguayo que supo sorprender en la Competencia Oficial hace unos años con Mal día para pescar. Su conocimiento a rajatabla de géneros como el western, la épica o la comedia, combinado a una incuestionable habilidad para manejar los tiempos de las buddy movies, hacen de Mr. Kaplan un largometraje inteligente aunque, quizá, demasiado convencional para los paladares de una premiación festivalera. En todo caso, esto es una hipótesis y no desestima de ninguna forma el porqué no merecido premio a Branco sai, preto fica. Pero lo de Brechner no debería pasar inadvertido: su segunda película ya no cuenta con la contención de un relato como lo daba Onetti en Mal día para pescar y consigue, si bien con irregularidades y algún golpe bajo ocasional demasiado subrayado (pienso en ese plano de Wilson mirando a su familia desde afuera, con una luz ambarina y lluvia de por medio, por ejemplo), un relato sólido con personajes que entregan actuaciones notables como el Kaplan interpretado por Héctor Noguera. Por si fuera poco, entrega algunos encuadres, en particular algunos planos generales, que demuestran ese amor por la épica de personajes que parecen a punto de perderlo todo y que sin embargo logran sobreponerse.
Hablar de Los muertos y Matar un hombre nos enfrenta a conflictos y obviedades con una mirada que a veces no se corresponde con el innegable talento para la puesta en escena. Con la película mexicana dirigida por Santiago Mohar Volkow ocurre que la idea simbólica de la muerte que atraviesa el relato, esa descripción de jóvenes siempre al borde del peligro en un país convulsionado por la violencia, nos hace ruido por esa carga moralista y la poca empatía que despierta el grupo de protagonistas. Esto provoca un efecto distanciador pero, en lugar de tomar el tono contemplativo ante una determinada situación social, lo que ocurre es que llegamos a un punto en el que no podemos dejar de cuestionar la arbitrariedad del guión, que necesita explotar en el suceso que termina acabando con la vida de Elena. Lo mismo sucedía, recuerdo, con una película mexicana que se vio en el 2008 en el Festival: Voy a explotar, de Gerardo Naranjo. Sin embargo, la película de Volkow sabe matizar los elementos con mayor inteligencia y hace del guión una auténtica pieza de relojería: luego del suceso del clímax y que la muerte finalmente golpea la puerta de estos personajes, prácticamente no hay travelling y la cámara permanece estática, haciendo del movimiento interno de cuadro de los personajes el único desplazamiento. Pero cuando en este mismo relato se toca las cuerdas del incesto o el vandalismo, el verosímil comienza a flaquear para tratar de hacer una sinécdoque social que está lejos de la coherencia. En todo caso, nadie va a negar la proeza técnica de algunos planos o cómo los cambios de punto de vista en digresiones temporales complementan la narración, pero el peso de lo que se pretende decir en este caso termina avasallando el relato y los personajes.
El caso de Matar un hombre, la película chilena de Alejandro Fernández Almendras, es distinto. Con virtuosos planos largos que describen los momentos de mayor tensión y la cámara al hombro siempre dispuesta a pesar de que no haya desplazamiento, contienen una película intensa con momentos a los cuales podríamos rotular de poéticos en su búsqueda, como ese plano general lejano que en su encuadre encierra hacia el final el momento en el que nuestro protagonista Jorge se deshace del cuerpo de Kalule. Los acantilados, el océano y la dimensión pequeña del personaje a esa escala nos llevan a pensar que lo que hizo lo inquiere y nos interroga con la imagen. Pero el relato tiene cuestionables puntos de vista que nos llevan a hacer de Kalule un personaje acartonado y unidimensional, alejándonos del núcleo que es el conflicto psicológico de Jorge. Este es el punto en el que nos preguntamos, por ejemplo, para qué nos muestra la secuencia en que Kalule manosea a la hija de Jorge, si acaso esto no va dirigido al espectador antes que al personaje sobre el cual pesa la película y, ahí sí, vemos la manipulación.
Las películas más barrocas de la competencia, además de la ganadora brasileña, fueron Favula, de Raúl Perrone, y El resto del mundo, de Pablo Chavarría Gutiérrez. Hablar del cine de Perrone resulta riesgoso, en particular porque su propuesta como creador (no cineasta, director de cine, diría en la charla pos proyección) apela en esta etapa a generar un efecto estético que se diferencia de otros títulos de su trayectoria. Auténtico emblema del cine independiente nacional, su visión de hacer y generar poesía con imágenes logra secuencias memorables, retomando el lenguaje del cine de la década del ´20, sea el montaje o los primeros planos expresivos de los rusos o las búsquedas en encuadres que retoman a los franceses o americanos. Veamos, a Perrone le interesa generar sensaciones que no estén encuadradas dentro de un relato y lo logra, generando algunos fragmentos inspiradores. El problema radica en que, aunque se trabaje sin guión como plantea el director desde siempre, este aparece implicado y hay un marco narrativo en torno a una determinada temática, con personajes visibles y definidos. Esto da lugar a un hibrido cuestionable en su concepción, a pesar de los buenos pasajes que el film atraviesa. Por otro lado, también es cierto que ver libélulas en digital sobre el fondo de un bosque por interminables minutos no responde siempre a una búsqueda que se corresponda con el resto del relato. Por otro lado, hay que destacar la excelente música, que desde su percusión rinde homenaje a la musicalización del cine mudo.
El otro film que podríamos definir como barroco es completamente distinto en su propuesta. El resto del mundo está cargado de ternura y nunca se sale del título para definir su estructura en lo que muestra y el montaje, tanto sonoro como visual. Si bien uno puede argüir que la presencia del director sobra en el ya de por sí intenso marco que dan Alejandro y Kiara, el mensaje claro brota con facilidad y fluye a pesar de tratarse de una propuesta no del todo convencional. Escuchamos su cotidianeidad y en ese marco, ese mundo íntimo, se rescata que todo lo que lo atraviesa y escapa a su mundo se encuentra silente, ausente de esa dinámica. El resultado es que, a pesar de su irregularidad, una vez se piensa tras el visionado se encuentra un film que conmueve desde su aparente sencillez. Sin embargo, también es cierto que films barrocos con algún rasgo experimental rara vez reciben un galardón en cualquiera de las competencias del festival.
A mi entender las propuestas más irregulares fueron La huella en la niebla y Los hongos. Por un lado se encuentra la propuesta situada en el litoral argentino dirigida por Emiliano Grieco, una película contemplativa que pretende retomar el tono que caracteriza a gran parte del Nuevo Cine Argentino. La cuestión es que su búsqueda poética y sus distensiones temporales, que llevan a planos largos donde prima el paisaje, parecen más volcados a aburrir que a contar algo que complemente la historia que, por otro lado, hace agua cuando el verosímil comienza a flaquear porque la suma-de-todos-los-males golpea al protagonista. El asunto de Los hongos es distinto: el mundo urbano de Cali aparece trazado con inteligencia por Oscar Ruiz Navia, pero la historia del dúo que lleva la historia no siempre fluye del todo y suma situaciones que parecen fragmentarias en el relato. A la aparición cuestionable de diálogos como el de las travestis, que pretende romper la tensión de una pelea entre Calvin y Ras, se puede sumar un personaje femenino que nunca logra hacer pie en el relato. Por otro lado, su extensión a lo largo de las situaciones que nos expone el guión no termina de cerrar en los personajes, entregando un final abrupto y seco.
Está claro que la otra rareza, además de la ganadora Branco sai, preto fica, fue Sinfonia da necrópole, de Juliana Rojas. Comedia que exorciza la muerte con segmentos festivos y una historia romántica, la película cortó el tono general de solemnidad que suelen tener las competencias de los festivales de cine. A pesar de esta saludable sorpresa el film es irregular durante algunos momentos humorísticos y los musicales no son del todo redondos, pero su vocación de entretener y la ironía de algunas sentencias la hacen una propuesta de esas que, si bien pueden no llegar a obtener premios, suelen obtener el favor del público (aunque no hay ningún premio de competencia latinoamericana referido al público, debería implementarse).
En todo caso, lo cierto es que en la competencia se vio un cine que en su selección deja entrever mayor interés por ofrecer distintas búsquedas formales y estéticas, antes que una variedad en los géneros y subgéneros que ofrece, habitualmente predominando el drama. Quizá cabe preguntar si no es el momento de que el juego se abra y que haya posibilidad de conocer en la competencia también un cine latinoamericano de géneros peyorativamente considerados “menores”, para poder tener un paneo, no sólo hacia distintas formas de hacer cine, sino también a conocer otras formas de relatar ese cine.

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