Por Cristian Ariel Mangini
Nombre: Silly symphonies: flowers and trees (EE.UU. / 1932 / 7:30 minutos). Dirección: Burt Gillett. Estudio: Walt Disney Productions
El primer corto animado de la historia en ganar el Oscar no fue una proeza desde el punto de vista narrativo. De hecho, los tópicos en torno a la antropomorfización de la naturaleza y la ubicación bucólica son un elemento común a la mayoría de las 75 Silly symphonies producidas por Walt Disney entre 1929 y 1939. La historia es sencilla, sin un arco narrativo demasiado interesante, contando cómo la apacible vida en el bosque es interrumpida por los celos de un viejo árbol al ver el amorío de otros dos jóvenes arbustos. ¿Dónde gana entonces este corto de una de esas oscuras figuras de la animación de antes de los `50, Burt Gillett? En primera instancia, una marca registrada de Disney que va a tener su punto cúlmine con Blancanieves y los siete enanitos en 1937: el detalle puesto en los desplazamientos dentro del cuadro, dándole una increíble fluidez a los personajes. En segunda instancia, el enorme avance técnico que representó el hecho de ser el primer dibujo animado coloreado con el famoso Technicolor, utilizándolo a tres bandas, en lugar de las dos que se venían utilizando. Esto alcanzó para obtener no sólo el reconocimiento de la Academia, sino también para repuntar el interés sobre las Silly symphonies, que hasta el momento habían estado a la sombra de los cortometrajes protagonizados por Mickey Mouse.
